Correspondencias muertas // Carta a María Luisa.






Carta de Martín Licona a María Luisa. 










María Luisa: 

Hoy salí con su ausencia, fuimos a caminar. Su fantasma es un ser voluble, algunas veces me hace tanto bien acariciar su piel de viento, y otras menos gratas, me recuerda la distancia entre los dos.
¿Qué es esto que vivimos?  No lo sé, pero al hacer con mis brazos una manta, al cobijar su pequeña figura, suspiro hondo como si al hacerlo a los dos nos succionara el infierno bajo la tierra;  ese infierno de sabanas limpias, de desnudez infinita, de soledad acompañada. 

No debo escribir más de lo que usted puede mirar en mis ojos, ellos sin palabras, son francos. Sé que al mirarme con la profundidad que le caracteriza puede saber del cariño que le tengo. Llegar a usted ha sido como llegar a casa y aventar los zapatos; uno se siente libre, cómodo y entonces empieza su descanso. Es alajerse un momento del mundo, allá se queda él y sus problemas, no tengo por que luchar cuando estoy a su lado. Es el caminar de un alma cansada que por fin llega a su hogar.
Alguna vez nos preguntamos ¿Qué fuimos en otra vida? Fuimos amantes, sortilegio de mi alma, de esos amantes hechos de fuego, calcinante impacto de labios, caricias en desiertos y suavidades húmedas. Fuimos vaivén del mar y calma de la arena, entregados nos resbalamos en cuatro mil lunas, a tiempos diferentes, pero siempre desgranando un cuerpo sobre el otro.

¿En qué pienso cuando al mirarla me trago las palabras?  Pienso en sus labios, mujer alada, pienso en la posibilidad de pisarlos con los míos, pienso en cerrarle la boca con mi boca abierta y tragarme así su poesía, que no nazca más que en mis adentros. Y es que sufren mis labios, van dando tumbos, besando a veces hasta la tierra, pensando en que usted muerde los suyos con la infantil fatalidad de quien seduce sin saberlo. Sé que es atrevido decirlo, pero en la hamaca de sus labios pondría a dormir todas mis palabras.

Sé de las bromas que nos ha jugado el destino, sé de la posible imposibilidad de querernos. Nunca reparé en la importancia de la puntualidad hasta que llegué tarde al cariño de una maravillosa mujer que vuela. Pero uno no puede saber cuándo el mundo girará, si mañana los peses naden en el cielo y los pájaros vuelen en el mar. No sabremos nunca de nuestro destino, o de nuestras deudas sino las vivimos.

Tenía que decirle esto, pensando en que quizá muera mañana (últimamente la muerte me ha cortado las uñas de los pies). No sé cuándo vuelva a verla, no sé cuánto dure nuestro siguiente abrazo, no sé si algún día podamos compartir soledades mientras caminamos (últimamente no sé muchas cosas). Solo sé que mi corazón extraña latir para usted y que siempre espera hacerlo una vez más...

Le dejo un beso pegado a los labios y me despido con el cariño del abrazo que le debo.

Atte:
Martín Licona.

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