Crónicas de la psico-ciudad // XII FIL Ciudad de México.






XII Feria Internacional del Libro. Ciudad de México.
Por: Martín Licona.







Me dirigí a la feria internacional del libro en el zócalo capitalino. En mi infaltable mochila roja arrojé 3 libros que pretendía cambiar, algo había escuchado sobre una zona de trueque. Pasando las 3 de la tarde el transporte verde y viejo levantó mis pasos. Pasé por ese mundo de techos de colores y bullicios sueltos llamado: "Tepito". Llegué por la calle de "Argentina" al zócalo, la parte "sucia" del primer cuadro de la ciudad, muy alejada de los reflectores de "Madero" y sus "McDonald's".

Desde que entré al primer cuadro me percaté de la intensa presencia policíaca en la zona, a un costado de catedral vi como algunos ambulantes recogían sus alfombras mágicas repletas de chucherías y volaban entre las miradas silenciosas de los espectadores para perderse por las calles, debido a que un grupo de policías se aproximaban. Ellos son los que deben tener miedo; los artesanos, las vendedoras de tlayudas, ellos son los perseguidos en "nuestra ciudad", no los empresarios, no los locatarios de negocios transnacionales que han tomado todos los espacios permitidos para embellecer "nuestra ciudad".

Así entré a la feria, una feria que de inmediato mostró su cara burguesa; cafeterías con panes raros, helados servidos en fruta, mini plazas con asientos de madera y arbolitos que le dan un toque más "nice" al lugar. Ahí estaban los ahora llamados "hipster" bebiendo café y charlando con los libros bajo el brazo. Me pregunto ¿Dónde irán a parar esos árboles, que ahora reciben las cenizas de los asistentes fumadores, cuando la feria termine?.


Óscar de la Borbolla inició su platica. Fue amena, agradable, graciosa. Se pasó una hora resumiendo las bondades de leer, la maravillosa máquina de mundos y de vidas a la cual nos metemos aquellos a los que nuestra propia existencia nos parece demasiado aburrida. Óscar impulsó a la gente para que leyera, pero ¿Qué gente nos encontrábamos ahí? efectivamente, gente lectora, aunque sea en mínimas cantidades. Esta es una feria de libros para gente que le gustan los libros. ¿Dónde queda el fomento a la lectura? ¿Dónde está esa gente curiosa que aún no se anima a leer para que escuchen al señor Óscar de la Borbolla describiendo los beneficios de la lectura? ¿En que ayuda esta feria a que nueva gente se una al maravilloso mundo de los libros? En nada, y es que, esa no es su misión. La misión de esta feria es que las editoriales vendan más, que saquen todos sus libros atorados y que vayamos los presuntos "intelectuales" a pasar lista en las actividades necesarias para ser una persona "culta".


Me dí una vuelta por toda la feria, en mi condición de pobre no pude comprar ni un solo libro que realmente me interesara. El descuento por la feria era, en la mayoría de los casos, del 10%. Evidentemente había ediciones baratas que uno consigue en 30 o 40 pesos. Ahí me hice de un par de libros clásicos, esperando volverme un excelente corrector de textos con todos los errores que tienen esas ediciones. Estando ahí, bajo la bandera monumental, me dí cuenta del circo montado. Es el estado dándonos atole con el dedo, estamos rodeados de policías y de militares, nos prestan un ratito el zócalo para que vayamos a comprar y a sentirnos intelectuales. ¡Libros para todos! Mentira. Libros para los que tengan, del trueque no encontré nada, me imaginé un espacio de convivencia e intercambio, nada de eso. ¡El centro histórico es del pueblo! Mentira, el centro histórico es de los dueños de negocios transnacionales, los "McDonald's", los "Seven Eleven", las fruterías "Chick" de fruta orgánica (creo que yo siempre he comido fruta inorgánica). El pueblo es el que tiene que correr, los pobres tienen que tener miedo en esta ciudad, los pobres son aquellos que se quedan fuera de la feria, de la vida del país. Son aquellos a los que comprar un libro les costaría 3 o 4 días de trabajo. ¿De qué sirven tantos libros en una feria elitista? ¿De qué sirve el circo de la intelectualidad? El arte pocas veces llega a donde se necesita.

Regresé desilusionado. Caminé por todo "5 de mayo" hasta Bellas Artes, recordé un amor en "Motolinía", me enamoré de una bella joven que casi es atropellada por ir enviando un mensaje por su celular. La alameda pelona, las fuentes ahora de color rosa, los gay's buscando citas inesperada en las bancas, "Reforma" repleta de gente y de carros. Me decidí a irme en metro, nos tuvieron en un corral hasta que el andén se vaciara, gente, gente, más gente y la indiferencia manda, los empujones, la travesía que significa entrar en la serpiente naranja y aquello ya nos parece tan normal que reímos al entrar y nos burlamos de los que se quedan fuera. En esta ciudad hemos aprendido a sobrevivir, no a vivir.

Así fue mi regreso, sintiéndome un gigante lento en un mundo de hormigas histéricas. Curiosamente ahí, en el metro, encontré la salvedad a mis corajes y respuesta a mis reflexiones. Fue al final del túnel, el túnel de la ciencia (metro la raza), ahí encontré a un guitarrista interpretando una pieza de música clásica. Su guitarra, su amplificador y su funda abierta de panza con algunas monedas que se comió. La gente pasaba y como con un anzuelo mal acomodado dirigían una mirada tímida al músico. Nadie se paraba, dos monedas cayeron dentro de la funda pero nadie se detenía a escuchar, nadie paró su prisa. Yo me paré enfrente a él, escuché la pieza completa, poco a poco se fueron quedando más, empezamos dos o tres y terminamos más de seis. Aplaudí cuando acabó, los demás hicieron lo propio. Le dí los $5.50 que tenía para pagar el camión del metro a mi casa, me miró sincero y me dijo: Gracias. No era por la moneda que lo decía, era por el tiempo y la atención brindada. Le respondí: Gracias a ti. No era por corresponderle, era porque ese hombre me dio una respuesta, una señal. El arte está ahí, ocupando un espacio público, un espacio de tránsito, llegando a los oídos de quienes lo necesitan sin mayor pretensión. Yo en ese momento necesitaba del arte en su sentido más puro y ese hombre de saco y gorro me lo regaló. Aquellas personas que se detuvieron y aquellos a los que les jaló un instante el cachete para voltear a verlo, no volverán a ser los mismos, su regreso a casa no será igual, por lo menos por ese día. Se detuvieron, se bajaron del caos por un momento, por un segundo. Yo sabía que tendría que regresar caminando, que estaría más cansado pero que importa cuando uno va lleno de aquello que tanta falta nos hace: "Esperanza".

Al salir del metro el cielo me regaló una luna llena, misma que me habría perdido por irme en el transporte. La vida está llena de belleza y los días llenos de lecciones. El arte no está en las ferias, el arte está en la calle, y si lo sabes buscar, lo encontrarás en cada respirar de la vida.


17 de octubre del 2013. México D.F.

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