Crónicas de la psico-ciudad // Responsabilidad social del teatro.





La responsabilidad social del teatro.
Por: Martín Licona.






¿En qué país estamos, Agripina? Cuestiona uno de los personajes de Juan Rulfo en el cuento “Luvina” del libro “El llano en llamas”. Y yo les pregunto ¿En qué país estamos, estimados lectores?, ¿Es necesario entender y cuestiona nuestra realidad social cuando de hacer teatro se trata? Ann Bogart comienza su libro “La preparación del director: siete ensayos sobre teatro y arte” con esta maravillosa frase: "Considero el teatro un arte porque creo en su poder de transformación" . Muy a propósito de esto, me cuestionaba hace algunos meses ¿Cuál es el papel de teatro en la vida social, es posible que el teatro o el arte en general sean capaces de convertirse en actores sociales y transformadores de realidades? Yo creo que sí, y no solo es posible, es quizá también una obligación del arte, y como tal, debemos exigirla.

La capacidad del ser humano de abstraer del mundo de lo real elementos que posteriormente interioriza para crear una realidad concreta, es la pauta que nos ha formado tal y como nos conocemos. No podríamos entender el porqué del uso de la ropa o de herramientas, sin entender primero ese proceso de abstracción. El arte es la sublimación de este proceso, es aquel cohete que nos permite escapar por un momento del mundo, de la realidad, pero escapar no significa desatender u olvidar, escapar significa poder ver esa realidad en todas sus dimensiones y desde todos sus puntos.

El espectador, en una puesta en escena, escapa del mundo para poder ver el mundo, no sabe qué va a encontrar ahí, se sienta a esperar que algo suceda, y sucede. En este papel de astronauta observa como el mundo comienza a girar sin él, como la vida trascurre y él, voyeristamente, contempla una realidad tan lejana o cercana como se lo permita. No puede interceder pero es parte fundamental de aquel acto de vida, participa de aquella orgía pero sin poder tocar la carne, porque si la toca se desbarata y moriría la ficción.

Para que ese microcosmos sea posible es necesaria la intervención de los actores, estos que sí participan, estos que van viviendo, noche tras noche, función tras función, el mismo fragmento de realidad prestada. Una y otra vez se repiten a si mismos aunque nunca iguales. Ellos se muestran, se exponen ante los chismosos que comerán en balbuceos su desnudez, lo que no saben esos chismoso es que están a expensas de los actores, han depositado en ellos sus emociones y estas ya solo dependen de la actuación. Se convierten en títeres emocionales y los hilos son jalados por cada sensación, que el actor logra transmitir.

Sobrevolando este hermoso campo de batalla, se encuentran los directores y los dramaturgos, esos dioses que juegan con su mundo, y aquí nadie descansa al séptimo día. Ellos son los encargados de abstraer, de lo cotidiano, elementos que tras el toque de teatralidad se vuelvan extraordinarios. En primer término el dramaturgo manifiesta su necesidad en apenas un soplido del viento. El director, por su parte, retoma esa necesidad y recompone la ruta del viento.

De pronto, ahí se encuentra todos, conviviendo en torno a una realidad, una realidad prestada, sublimada. Menuda responsabilidad, entonces, la que tienen estos presentadores del mundo. Las palabras que ellos digan serán asumidas y escuchadas por el público, ellos no se cuestionarán sobre la veracidad de esas palabras, ellos saben de la ficción pero la compran, la asumen como verdad y si ese mundo que vieron se logró correctamente, ellos, los que entraron, al salir no serán los mismos.

¿En qué país estamos, queridos lectores? Me permito volver a la pregunta inicial, y es que, entendiendo la responsabilidad de estar frente a un público que va a asumir, como verdad absoluta, lo que tú estés diciendo, cobra importancia la pegunta. Los que hacemos teatro debemos preguntarnos, en primer lugar ¿Por qué hacemos teatro? ¿Cuál es nuestro leitmotiv? ¿A qué público nos vamos a dirigir? Y yo agregaría también la pregunta: ¿De qué manera, eso que estoy haciendo, puede servir para que este mundo sea un poco mejor?.

Ahí está la responsabilidad social del teatro, como este puede construir mejores personas, como puede servir de catarsis, de análisis, de reflexión, de protesta para una sociedad maltratada, debilitada y deprimida como la nuestra. ¿En qué país estamos? Estamos en un país donde hay 52 millones de pobres pero a su vez  11 de las 50 personas más ricas del mundo, son mexicanas. Entre estos 11 personajes se juntaría una fortuna superior a los 112, 300 millones de dólares, lo cual significa, el 10% del producto interno bruto del país. Somos un país donde en 1,003 de los 2400 municipios que existen, el 75% o más de su población vive en condiciones de pobreza. Estamos en un país donde 21 millones de mexicanos se están muriendo de hambre (6.5 millones más que hace 6 años). Vivimos en un país donde 20 millones de personas no tienen trabajo y 10 millones de jóvenes no estudian ni trabajan.  Sí, estimado lector, esto es México, un país donde la gente prefiere morirse ahogada en un río, o asesinada por un gringo, que morir de hambre.  Un país donde más de 100 mil personas han muerto o “desaparecido” por culpa de una estúpida guerra contra el narcotráfico, cifra que rebasa por mucho las estadísticas de otros países en guerra como Irak. ¿Y que hacemos los que nos dedicamos al arte? ¿Cuál es nuestro papel ante tal panorama?

No es momento para que el teatro siga encerrado en la vitrina, en la comodidad de los grandes escenarios, tras la trinchera del Ticketmaster. Es momento de que el teatro salga a las calles, a las plazas, que se convierta en un actor social más activo. Es momento de levantar la voz, olvidémonos por un rato de la comodidad del camerino y salgamos a la calle, no esperemos que el pueblo vaya a vernos y se desviva en aplaudirnos. Vayamos nosotros a luchar junto con el pueblo.

Utilicemos esta poderosa arma, no para ser admirados, sino para trasformar esta realidad, para llevar al teatro donde el teatro sea necesario, al arte donde el arte se necesite. No hay que quedarnos detrás de los fríos muros de un museo o en la majestuosidad de bellas artes, ya habrá tiempo para eso, por el momento las necesidades son otras.

Con obras de teatro no vamos a alimentar a esos 21 millones de mexicanos en pobreza alimentaria, pero si podemos crear conciencia, ser un vinculo para esa realidad que a veces nos parece tan lejana. En eso si podemos ayudar, en confrontar, en luchar, en exigir, en levantar la voz, en crear conciencia, y sobre todo, en no permitir que la esperanza muera. Cuando ellos nos convenzan, cuando nos hagan creer que nosotros no podemos cambiar al mundo, entonces, el mundo morirá. Yo aún creo que se puede, sigo convencido y seguiré trabajando para lograrlo.

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