Decálogo de las perversiones II.


Decálogo de las perversiones.
Cuento II.


-Voy para allá. -cuelgo el teléfono. Tomo un puño de gomitas y las meto a la bolsa. Recorro una a una las veintidós computadoras, ninguna prendida. Apago la luz y cierro la cortina. El subterráneo está a dos calles, meto la mano a bolsa y saco una gomita. Fresa. En esta calle solo sirve una farola, llueve otra vez. Esta es la tercer noche consecutiva que llueve, aprieto el paso. Me dije que no volvería a verla, no es la primera vez que fallo, tampoco será la última. No me engaño más. Sigo caminando. Otra gomita... no, hasta llegar al subterráneo, falta solo una calle. Apenas me miro en el reflejo de una ventana; gordo, bizco. El cabello no me crece rápido, debo cortarlo. Bajo las escaleras hacia el andén. Ahora sí, saco una gomita de mi bolsa. Piña. Nunca he visto tanta gente a esta hora en el andén, siempre somos dos o tres los que esperamos el último tren hacia el sur. Miro el reloj ¿y si no va? Claro que va a ir ¿y si no cumple? Siempre ha cumplido. Una joven con uniforme escolar se está peinando del otro lado del vagón ¿Qué hace a estas horas? Alguien la está mirando, ese tipo es más feo que yo, pero no es bizco, esa es una ventaja.

Todos tienen ventaja sobre mí; algunos por flacos, otros porque les crece rápido el cabello y no todos tienen los dientes tan podridos y amarillos como los míos. En muchas ocasiones la única salida de la fealdad está en los ojos, en la mirada dulce de aquellos monstruos. Yo no encuentro ni siquiera esa salida, no es mi culpa que mis ojos estén enamorados y que todo el día el izquierdo quiera besar al derecho. Otra vez piña.

Tengo en la bolsa de mi pantalón todo lo necesario, meto mi mano para asegurarme, ahí sigue. Llego a la estación del sur, bajo del vagón y tropiezo con una mujer vestida toda de negro, tiene un rosario en la mano. Le pido disculpas, ni siquiera me mira. El motel "El Oro" está a cuatro calles de aquí. Miro el reloj, justo a tiempo. Camino, la lluvia continúa tenue, salen nubes de mi boca, la quijada me empieza a temblar, el corazón se agita, las rodillas se quiebran. Con desesperación saco un puñado de gomas. Piña, fresa, uva... me detengo en la esquina, justo antes de doblar hacia aquel viejo letrero que dice:  "Motel Garage El Oro", solo la "M" enciende. Pienso que no debo, quiero regresar al subterráneo, dudo, doy media vuelta, la presión sube a mis ojos y casi hacen agua. Miro la entrada del motel; dos puertas de madera sucia y cochambrosa, una telaraña muerta de tan vieja en el techo.

-Es la última vez -me digo. En secreto sé que no es cierto.

Camino hasta el motel; verde sucio, deslavado, con algunos cuartos encendidos, cortinas grises de polvo, vidrios rotos. Hago un silencio, me alcanzan los gritos de dos o más mujeres, esos gritos que están a mitad de la agonía y el placer. Ella ya debe estar esperando. Voy al recibidor, sale de ahí el viejo Julián.

-Linda llegó hace diez minutos...  -me dice -Cuarto veinte... -me estira la llave. Saco de la cartera el dinero y pago. El viejo Julián me mira y esboza media sonrisa, es su manera de decir: "Diviértete"  después de tantos años de expresarlo en palabras encontró una mejor manera. Él vende consuelo como el tendero vende dulces, yo subo la escalera y me dirijo al cuarto.

Uva, mi favorita. Meto la llave en la cerradura. La última duda. Entro. Ahí está Linda, aunque solo lo es en el nombre, tiene una panza de globo que le ocupa medio cuerpo. Siempre trae minifalda, sus piernas no siguen formas; trozos de carne chocan unos con otros, siempre tiene moretones, raspadas, nuevas venas saltadas, su cabello desteñido en rubio, la cara arrugada por los años de alcohol. Sus ojos también están enamorados como los míos, le falta un diente frontal pero ella siempre sonríe, no mide más de un metro con cincuenta centímetros y a veces pienso que pesa más de cien kilos.

Ahí, recostada en la cama, de la cual ocupa más de la mitad, con su voz ronca de ron me dice:

-Siempre tan puntual... -me acerco a ella.

-Hiciste lo que te pedí... -le respondo mientras me siento a la orilla de la cama.

-Nunca te he quedado mal... -me dice mientras se incorpora para desatarse las botas -¿Quieres empezar ya? -pregunta y yo afirmo con la cabeza. Ella se quita las botas y yo me hinco como ante una virgen. La veo lentamente como quien espera un amanecer, cortando mi respiración para que el momento dure un poco más. Tras su calzado, mi luz. Toma asiento en la cama, levanta los pies hasta casi tocar mi nariz, ese olor, podredumbre irresistible. Las uñas largas hasta doblarse con ese amarillo que solo da la enfermedad.

-Aquí están para ti, bebé, mis pies son tuyos... dos meses sin lavar y sin cortar las uñas, justo como me pediste... -me dice mientras acaricia mi cabello con los pies. Los tomo entre mis manos y pierdo sentido; muerdo, lengüeteo, chupo. No hay ningún sentido, me araño la cara con sus uñas que guardan polvo, raspo mi mejilla con callosidades que son volcanes. Me quito la ropa y me quedo tendido boca abajo en la alfombra que está quemada por cigarros. Ella ya sabe que hacer pero yo ratifico la orden, le pido que camine encima de mí, que me aplaste con sus 100 kilos y que ande la suciedad de sus pies en mi cuerpo limpio. La espalda, ese lugar al que mis manos nunca llegan, ahí siento sus uñas como garras, los trozos de carne seca y muerta que el hongo dejó en la planta de sus pies. Estoy tan excitado que mi sangre en caudal violento hincha todas las venas de mi cuerpo. Le digo que es suficiente, que se acueste en la cama. Intenta besarme, no la dejo. Intenta quitarse la ropa, le digo que no lo haga. Solo se acuesta. Busco en mi pantalón tirado, saco de ahí un estuche, lo abro. Un cortauñas, una lima y una toallita. Tomo la bandeja con agua que el viejo Julián me preparó con antelación. Le empiezo a hacer el amor como yo sé, como yo lo hago. Lengüeteo la planta de sus pies, chupo uno a uno sus diez dedos deteniéndome entre dedo y dedo para sacar el migajón de sudor y grasa.

Empiezo con la lima a quitar lo podrido de las uñas, luego los callos, el sonido de la lima lijando lo muerto, ese sonido irresistible, monótono. Si fuera tan fácil quitar lo feo, lo que no sirve, este sería un mejor mundo y yo ya me hubiera limado la cara para que creciera una nueva. Tomo el cortauñas, es el momento de gloria, trato de apretar conductos dentro de mi cuerpo para no derramarme en esos monstruosos pies sin haberlos arreglado antes. Empiezo por el dedo pequeño, apenas una mordida. Una a una corto las uñas y al final dejo el dedo gordo, la uña grande, aprieto con fuerza el cortauñas, no cede, más fuerte y llega el inigualable sonido del metal chocando entre la uña, en ese momento se derrite mi cuerpo y sale un escupitajo que termina escurriéndose en la agrietada planta del pie. Acaricio esos pies reconstruidos, los mojo, los limpio ya con agua, los seco. No hay mayor placer que revivir lo podrido, que arreglar lo feo. Le he dejado a Linda unos pies hermosos, al igual que los míos. Solo así Linda se puede acercar a su nombre, y es que, a nosotros, los que ni siquiera la mirada nos rescata de la fealdad, no nos queda de otra más que tener los pies siempre limpios.

Me recuesto junto a ella, le ofrezco una gomita. Uva, mi favorita. -Buenas noches, Linda... -Apago la luz y duermo.


Martín Licona.

Comentarios

  1. ¡Me atrapó de principio a fin! Tanto que leeré el primero, jaja. Muy bien, Majtán; qué gusto que aproveches tu talento.

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    1. ¡Oh, Meli! me sonrojas, jajaja. Qué bueno que te gustó, apenas llevo 2 de 10 así que van a ir subiendo de tono, jajaja. Es un buen ejercicio. Saludos, Meli, hasta las ahora tan lejanas tierras cuautitleñas (jaja)

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