Decálogo de las perversiones III.


Decálogo de las perversiones.
Cuento III.

Ese día estaré arrugada pero no lo suficiente como para dejar de humedecer. Caminaré de prisa en un vestido negro que me tapará desde el cuello hasta los tobillos. Rosario en mano apretaré las bolas de madera al compás de mis pasos. Circunferencias perfectas, lizas cual mejilla de bebé. Mis dedos de un delgado sepulcral se resbalarán hasta tocar la cruz; alivio de pecados, baños de un alma mal gastada. Me alejaré del punzar de mi muslo izquierdo; el pecador.
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… ¿Por qué estás en los cielos, padre mío, por qué no estás aquí donde te necesito? Este pensamiento me rondará  y tomará de mi mano por las calles sucias que recorreré en búsqueda ciega del hogar que alivia. Tres calles más y lo encontraré, modesta será la torre que guarde sus campanas, puertas de madera siempre abiertas, un jardín de pasto quemado, tendederos de papel viejo, ya sucio. Detendré mis pasos, el dolor de mi muslo.

¡Bendito, bendito el que viene en el nombre del señor! Iré a molestar a tu casa, recordaré las voces que de noche me atormentan: “Ya no vengas, Magdalena. Ya no vengas”. Señor, me negarás tres veces, no dirás a nadie de lo nuestro, te incomodará mi visita pero ahí estaré, arrodillándome a la entrada, en la calzada donde la novia vuela al encuentro de su amado. Yo de rodillas con el muslo que me sangrará como las vírgenes que lloran sangre, recorreré la calzada para encontrarme con mi amor.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino… tu reino, padre nuestro, padre mío, que venga tu reino a colmarme, pensaré a la entrada de tu templo. Entraré a la bóveda teñida de oro, el frío subirá mi espalda, ese silencio murmurado, tú con los brazos abiertos al final de la cruz que dibuja la estructura de la iglesia, me esperarás ahí, triste, con esos ojos que escupen dolor, apenas una manta cubrirá tu sexo, llagas rojas como si apenas hace unas horas te hubieran mutilado y del lado derecho otra vez tú, más sereno, calmo tras tu derrota con el corazón expuesto. Te veré con la ternura con la que miré por primera vez al infante que salió de entre mis piernas, la misma ternura con la que miré el rostro sudado del primer hombre al que le entregué mi carne. Ahí estaré señor mío, muslo sangrado, rodillas raspadas, buscaré después asiento cerca de ti.

Pediré mil veces con los dientes apretados que me veas: “Mírame señor, mírame. Jesús, te estoy hablando, aquí Magdalena a tus pies implora tu atención” No me mirarás, tu cabeza siempre hacia el suelo, sosteniendo las espinas de tu corona, con ríos de sangre mojando tu carita.

Pondré mis rodillas sobre la barra acolchonada, la suavidad me besará las piernas, posaré mis manos en el respaldo de la silla de enfrente, las juntaré, las enredo como para hacer una prisión para el colibrí, a la altura de mi boca las pondré.

Padre nuestro que estás en lo cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… Abriré un poco mis piernas para formar una campana de fuego con mi falda. El cinturón con clavos que esa mañana colocaré en mi muslo ya no dolerá, ya no lastimará más, pues con el ardor de mi vientre todos mis nervios se concentrarán en la parte más oscura de mi cuerpo. Que se haga tu voluntad, señor mío, ahí estará mi cuerpo arrodillado ante ti, ahí pondré los musgos que dejaron los años para que santifiques mi deseo. Morderé con los labios mis manos, sacaré la lengua para probar el rosario, la saliva pasará dura, mi cuerpo se sorprenderá y en alerta crecerán mis guiños, la respiración que falta se convierte en suspiros calientes.

Saldrá entonces el que preside la misa, yo permaneceré hincada durante su charla, palabras huecas que soltará quien cree tener conexión contigo, no señor mío, solo yo sé lo que es tenerte, y ese hombre con atavíos morados no sabrá nunca lo que es abrazarte de noche bajo una sabana de seda roja, besar tu cuello, lengüetear tu carne abierta, limpiar la sangre que corre por tu cuerpo, ser el sudario donde te magnificas. Señor mío, nada sabe ese hombre del dios que se desprende de la cruz para penetrar a su Magdalena.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día… Iré ese día a recoger mi pan diario, como desde hace 20 años cuando mi cuerpo aún sostenía sus redondeces. Estaré ahí, hincada con una lágrima en mi muslo, hecha de sangre y rocío de mi propio templo donde te adoro y ansío tu regreso.

“Tomó luego pan y dando gracias lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”… ahí apareces tú, una parte de ti, un plato de leche que surge como una luna en medio del desierto, señor mío, probaré tu carne, te comeré, masticaré tu ser hecho casi papel, te guardaré en mi boca hasta que te deshagas como guardaría tu carne erguida.

Me formaré en la fila, con la pierna apunto de reventar por el dolor del cinturón en mi muslo. Me acercaré cojeando, me hincaré frente al sacerdote que dirá: “Ave María purísima.”… “Sin pecado concebido” responderé. Abriré mi boca y apenas sacaré mi lengua para que desembarque sobre ella tu esencia. Arrodillada frente al sacerdote que depositará una semilla blanca sobre mi boca recordaré mi infancia, cuando otro sacerdote ponía una semilla blanca en mi boca, una semilla liquida, caliente y amarga. Él decía que eras tú, señor, que me arrodillara y abriera mi boca lo más grande que pudiera y que me presentaría a dios, que dios entraría por mi boca, que lo comiera, que así purificaría todos mis pecados, al recibir con la boca abierta al dios en forma de mucosa blanca que salía de un cuerno , y yo tenía que tragarme a ese dios, yo sabía que no eras tú, señor mío, que no podrías tú salir de algo tan feo y mal oliente. Tantas veces en esos años de catequismo me obligaron a tragar un dios falso.

Pero ese día estaré ahí, frente a tu altar, guardándote en mi boca, dejándote navegar en mi paladar de atrás hacia delante, y apretaré los dientes y mis gemidos casi se escucharán al sentirte dentro de mí, sentir como te haces agua poco a poco y yo contigo me derretiré, la salivación excesiva de mis cachetes y de mi sexo, los ojos llorosos, desorbitados y mi manos que apretarán el rosario casi hasta romperlo. Es el placer, señor mío, el que niegas que sientes al estar dentro, al jugar en mis fluidos, pasas hecho nada a mis entrañas. Se acabará todo, explosión fragmentada de un volcán, espasmos de un huracán en mis adentros. Luego sentiré la calma, el vaivén de un barco que dormita en el embarcadero.

Saldré de ahí, con la pierna deshecha, casi no podré llegar al último tren que lleva hacía el sur, apunto estará de dejarme.

Durante mi recorrido hacía el sur repetiré por más de cien veces: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… Llegaré a la estación del sur, chocaré con el hombre más feo que he visto; un hombre gordo y visco. No lo miraré. Sabré entonces que estarás enojado conmigo, señor, que esa noche soñaré con tu voz diciéndome: “Ya no vengas, Magdalena, ya no vengas.” No querrás mis visitas y no por perturbar tu templo con mis pecaminosos sentimientos hacía ti sino por que indudablemente te gusta verme ahí, hincada, húmeda, deseosa de ti, sabes que en cualquier momento soltarás los clavos de tu cruz y te aventarás encima de mi cuerpo para quitar de un tajo mi vestido negro…

“… perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.”

No nos dejes caer en tentación, señor. 


Martín Licona.

Comentarios