Decálogo de las perversiones IV.


Decálogo de las perversiones.
Cuento IV.

Saliste temprano de casa. Como todas las mañanas tomaste un bus que te llevó al tren y de ahí lo más al norte posible, te confundiste con los miles que al igual que tú se empujan para tener un lugar, nada en este mundo es seguro, ni siquiera  entrar al tren para ir a trabajar. Dejaste pasar cuatro trenes para poder meterte en un espacio que no te permite hacer el más mínimo movimiento. Ahí estabas con la cara arrugada, tu boca dibujaba una sonrisa al revés, los ojos se te cerraban. Cuando pudiste sujetaste un tubo metálico para no caer, tu cabeza se recargó en tu mano y te quedaste profundamente dormido. Ya no supiste del tipo que tomó tu cartera, ya no supiste de otros dos que aprovecharon el amontonamiento para acercar sus cuerpos, no viste como pusieron sus mochilas por el frente y deslizaron sus manos por debajo de ellas. Al cabo de cinco o seis estaciones la gente ya no les procuraba una refugio para aquella caricia tubular que mutuamente se regalaban, así que se desprendieron erguidos  y faltos aún de un espasmo. Tuvieron que besarse, escapando de las miradas ajenas; aquellos tomates de asco que el público avienta ante un mal espectáculo. Si tú hubieras visto eso, el primer sentimiento de tus cadenas sería el asco, al igual que todos, pero al ser tú un morboso; un comedor de caricias, hubieras encontrado el gusto a aquellas dos barbas perfectamente delineadas que se besaban. Y es que, aun en ese sueño profundo que tuviste en el metro apareció aquel fantasma que te ronda. Despertaste intranquilo una estación antes, miraste tus pantalones de inmediato para prevenir un despertar dentro de ellos, dirigiste la mirada hacia todos los que te rodeaban como si creyeras que tienen una lupa de sueños y hubieran visto en tu dormir aquel secreto que tan bien guardas. Te tranquilizaste, nadie vio tu sueño, nadie en ese vagón sabe tu secreto. Saliste del tren apurado, corriste a la parada del bus que por fin te llevaría a tu trabajo. No encontraste tu cartera, alguien la robó. Intentaste pedir dinero, decirle al del bus que te robaron, pero no lo hiciste, nunca lo haces, no sabes abrir la boca para pedir nada. Corriste hasta tu trabajo. Llegaste tarde.

Pasó casi medio día y miraste el reloj en cincuenta ocasiones desde que llegaste sudoroso a tu escritorio. Faltaban diez minutos para poder salir a comer, tu esposa esa mañana te preparó algo de carne molida y verduras, te lo saboreaste mientras esperabas a que el reloj marcara la hora. Empezó aquel temblor en tus manos, ese mismo que no te deja recortarte bien el bigote, ni hacer un buen nudo de corbata. Pensaste en tu mujer cuando saliste a comer, ella es la única que ha soportado tu fealdad, ella ha sido tu única novia, los únicos labios que has besado, la has cuidado bien, le compras cuanto pida y no te importa trabajar el doble para poder pagar sus caprichos. No han tenido hijos, de alguna manera te consuelas diciéndote que aquella combinación no podría resultar en algo bueno, ninguno de los dos podría aportar belleza a ese infante. Comiste rápido, casi tragaste cada bocado. Después de la hora de comer ya no encontraste consuelo; reportes, entregas, formatos, escritos, todas esas cosas vacías llenaron tu día hasta la hora en la que saliste del trabajo.

Al salir recordaste que no tienes cartera, te tocó caminar de nuevo. Miraste a la secretaria del director con aquella falda tan ajustada, tan pequeña que dibujaba un abanico de oscuridad en sus piernas. Ella salió al mismo tiempo que tú. Sonríes por educación, pretendías saludarla, ella evadió el gesto y caminó más aprisa. Ahí estaba su espalda alejándose de ti, era el momento perfecto para hacerlo, para ir tras esa espalda, para seguirla a lo lejos como tantas otras veces lo hiciste, te invitaba el contonear de sus caderas, sus piernas como robles que se levantan de su sepultura. Dijiste que no lo harías, que esta vez no pasaría, pero sin darte cuenta tus pasos ya seguían a esa rubia de risada cabellera. Dos calles más adelante ella se subió a un carro de lujo, el carro del director, la estaba esperando. Te quedaste ahí sin espalda que mirar y con aquel retortijón en el estomago, señal de lo que se había despertado.

Caminaste por mucho tiempo, te perdiste intentando llegar a la estación del tren, nunca habías hecho el recorrido a pie. No preguntaste a nadie como llegar. En esa caminata te dio tiempo para pensar en Renata, tu esposa, ella no sabe de las porquerías que haces, ella no está consiente de aquella mal sana costumbre tuya. Pensaste qué pasaría si ella supiera, si cualquiera supiera, si la secretaria se hubiera caminado hasta su casa, si ella se hubiera dado cuenta de lo tuyo. Estos pensamientos te atormentaron aquella noche, no sabías por qué, pero todo el día pensaste en aquel mal presentimiento. Llegaste así a la estación del tren, ya tarde, empezaba a llover. Bajaste y aguardaste en el andén, de pronto pasó, era un ángel que ante tus ojos se ponía, una falda corta de las que utilizan las chicas del colegio, completamente mojada por la tormenta que se había desatado. La miraste y el estomago se te estrujó, ella dejó que la mirarás. Supiste en ese momento que la noche no acabaría al llegar a la estación del sur, en ella ibas a depositar la porquería de tus pensamientos, a ella habías elegido para verter la suciedad de tus pensamientos. Se sentó y tú frente a ella, le miraste las piernas, los muslos, los zapatos, ella parecía disfrutar tu mirada. ¿Cuánta porquería hay en este mundo? Pensaste.  Cualquier otra colegiala que sintiera tu mirada correría inmediatamente y le quitarías tres o cuatro noches de sueño. Pero a ella no. La miraste todo el trayecto, miraste como se cepillaba el cabello, tu estomago se regocijaba, tus ojos mordían aquel casi virginal cuerpo. No sabías si era tu imaginación pero casi estabas seguro de que ella se excitaba al sentirse mirada. Por poco y no controlas el espasmo y te desbordas en el vagón.

Al llegar al sur ella bajó, la seguiste por el andén, ella ya no te devolvió mirada. Parecía que se había quitado la armadura de perversión que le permitía dejarse mirar por una bestia como tú. Al salir de la estación ella apretó el paso, de vez en vez miraba a sus espaldas para encontrarse con tu rostro repleto de lujuria y de fealdad. Caminaste de cerca, muy de cerca, mirabas el vuelo de su falda, te empapaste del sonido de sus zapatos escolares en la acera, olías su miedo; mejor y más excitante que su satisfacción. Ya no podías detener el temblor en tu estómago, en tus manos, con la manga del saco gris te limpiabas la baba y la mucosidad. Tu hocico jadeante se desplazaba jambándose el abismo inventado entre tú y su oído. Ella caminó más a prisa cuando sintió su casa cerca, lo que en el tren fue excitación ahora en la oscuridad mojada de las calles se había convertido en miedo, ese miedo que sale como vapor por la boca y la nariz. Tu secreto estaría pronto a descubrirse. Anduviste detrás de ella, como has andando detrás de tantas otras, te gusta morder espaldas con la mirada, saber que te temen, que huyen, te excita cuando corren y entre mayor es la distancia mayor es el temblor en tu estómago, te gusta mirar y desaparecer un momento, que piensen que ya no estás, que te fuiste, para después volver al camino, volver a aparecer en su mirada, ese miedo que descansa, esa alivio desvanecido. 

Ella llegó a casa, corrió hacia su entrada, no supo si aún la seguías, fuiste precavido esa vez. Permaneciste con tu mirada en la casa durante horas, bajo la lluvia, mantuviste la hinchazón que provoca el deseo, el temblor en las manos, tus manos masajearon tu estómago hasta que era momento de terminar la obra, de arrojar y soltar aquello que detiene el cosquilleo que enloquece y sucumbe tras aquellos segundos de divino placer. Era ya muy tarde, la luz de la casa estaba ya apagada, te percataste de que nadie estuviera mirándote, te acercaste al jardín, diste una vuelta, te pusiste en cuatro patas, caminaste así hasta topar con el árbol de jacarandas. Te sentiste libre, te sentiste tú, nadie puede saber el placer que te produce caminar en cuatro patas por un jardín, nadie sabe que siempre te has creído más afín a un perro que a un humano. Dios se equivocó al darte un cuerpo,  te hizo tan feo como si estuvieras a la mitad de ser un animal o un humano. Renata no podía saber que tú no encontrabas excitación al poseerla porque lo que realmente te excita es escoger el jardín de una bella mujer para ir a caminar por ahí como si fueses su perro. No podrías ser algo más de las mujeres que escoges seguir, no podrías ser más que su mascota. Soltaste entonces tus pantalones, el estómago otra vez empezó a temblar. Defecaste ahí, como una bóveda que abre la libertad, el fétido olor que nace. Subiste tus pantalones y regresaste a esa forma humana que te hace sentir tan incompleto, quizá si Renata supiera de la inconformidad de tu cuerpo entendería porque te es tan complica cumplir sus muy entendidos deseos carnales. ¿Cómo decirle que gustas de seguir jóvenes hermosas hasta sus casas para después defecar en su jardín? No podría entender el placer que te provoca dejar ir lo que en ti ya no funciona y es que, después de todo, de esto trata la vida, de soltar lo que ya no te sirve.



Martín Licona.

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