Decálogo de las perversiones VII


Decálogo de las perversiones
Cuento VII.

Se lavó las manos, fue lo primero que hizo al levantarse, tomó camino al baño aun medio dormida, el ojo izquierdo no se había despertado. Agarró el jabón, y talló sus manos cincuenta  siete veces mientras el chorro de agua caía a presión. No se bañó, ese placer está destinado  para las últimas horas del día. Desayunó lo mismo de siempre: dos tazas de café y dos rebanadas de pan con mantequilla. Así era Sophia, siempre hacía las mismas cosas, repetía lo mismo cada mañana; de la cama al baño a lavarse las manos, de ahí, a la cocina a preparar café, sacaba de la bolsa del pan dos rebanadas, las juntaba, las ponía en un plato, cerraba la bolsa del pan dándole cinco vueltas a la cintilla roja. Sacaba después la mantequilla y su cuchillo favorito; un cuchillo largo, delgado, cada que lo extraía del cajón de los cubiertos sentía una humedad extraña que la recorría como escalofrío. Tomaba el mango del cuchillo con sus dedos finos y largos, lo envolvía, el dedo pulgar se deslizaba por los pequeños y filosos dientecillos, abría la mantequilla y la apuñalaba hasta en treinta ocasiones, la encantaba mirar cómo se partía la mantequilla, como no ponía ninguna resistencia para ser penetrada por aquel objeto. Nunca supo porque pero aquel momento en que sujetaba el cuchillo le provocaba un placer infinito. Después de untar la mantequilla, se lavaba de nuevo las manos en la tarja de los trastes, ponía algo de jabón líquido y unas pequeñas gotas de cloro, nunca soportó ese olor a huevo cocido que se queda en la cocina cuando no lavan bien los trastos, por ello el cloro siempre estaba a la mano.

Solía llegar a la estación del tren antes de que la abrieran, regularmente iba vestida con abrigo rojo, y bufanda negra. Ahí se quedaba unos minutos, esperaba que subieran la reja que les permitiría entrar a la estación del sur. Cuando abrían la estación apresuraba su paso para tomar el primer tren, siempre se subía al mismo vagón, en el mismo asiento, el último, el apartado, donde nadie notara su presencia. A ella no le gustaba que la vieran, le era grato que nadie advirtiera su presencia. Pasaba ahí todo el día, miraba a la gente que abordaba, la inspeccionaba, siempre esperaba que fuera él, que de nuevo apareciera ente sus ojos esa barba negra, cerrada, esas cejas pobladas que coronaban una hermosa mirada triste. Ahí pasó años, subía siempre al primer tren, siempre en el mismo vagón, en el mismo asiento esperando, siempre esperando. Su cuerpo se empezó a deteriorar, llevaba siempre la misma ropa y esta empezó a deslavarse. Lo único que llevaba con ella era una botella pequeña de gel antibacterial, del cual cada hora extraía un poco para frotarse las manos, y en otra bolsa del abrigo llevaba una armónica. Ella no sabía tocar la armónica, era de él, a él se le había caído aquella noche cuando se encontraron.

Fue hace algunos años, cuando Sophia lo vio, ella se dirigía a su casa cerca de la estación del sur. Había salido tarde del trabajo, alcanzó el último tren, subió al vagón y no se percató que las luces no servían, ella pensó que estaba vacío hasta que el tren arrancó y entró al subterráneo. Estando el vagón completamente oscuro escuchó una armónica, era él, ese sonido vino de un rincón del tren, del mismo asiento donde ella pasó años esperándolo. Temerosa estaba pero algo dentro de su corazón le decía que se acercara, recorrió todo el vagón, entre sombras, destellos de luces que presentaban una silueta de donde salía música. Él la miró y se tragó las notas de la armónica, ella soltó su bolso, no fue por espanto el gesto, fue por divina coincidencia, ya había soñado antes con esa barba crecida, ya había alguna vez, entre nubes, acariciado esas cejas pobladas. Él no pudo decir ni una palabra, tenía guantes sin dedos, guantes negros, sucios de calle, de caminos con polvo y amarguras con ron. Se miraron perdidos en oscuros recuerdos de un pasado de más allá del horizonte, de más allá de este disfraz de pieles. No hubo palabras, sobran las palabras cuando se encuentra lo que desde siempre ha sido para ti. Él soltó la armónica que cayó al piso, lanzó su mano para apretar la de ella y ella tomó esa mano, sin importarle el polvo, la suciedad de esos guantes, por primera vez no pensó en su limpieza. Sophia siempre se había sentido sucia, había en ella un sentimiento que le hacía lavarse las manos hasta cuarenta veces en un día, ponerse gel antibacterial cada vez que tocaba algo, porque para ella todo estaba sucio. Todo está sucio, siempre. Por eso el impacto de encontrar algo que no necesita limpiarse, algo tan puro que no hay necesidad de utilizar jabón, porque está tan limpio como la ilusión. Por ello Sophia tomó la mano de aquel músico sucio que le ofreció una caricia, porque no era el polvo lo que Sophia miró en él, era el alma, el cariño que nació de pronto en esos ojos tristes, la pureza de dos almas que se encuentran después de navegar por tantos dolores, después de tantas carencias en el corazón.

Cuarenta minutos dura el recorrido en tren de norte a sur, cuarenta minutos en los que esos dos extraños se amaron, bajaron al subterráneo para descubrir el cielo, despertaron a veces por luciérnagas de focos que se arrastraban por las ventanas. No hubo ropa, no hubo palabras, llenaron de silencios su amor. Él limpió con besos la suciedad que ella había sentido desde siempre en su cuerpo, en ese momento entendió que no era el agua la que limpiaba ese tipo de sensaciones, solo los besos, la saliva del verdadero amor podía alejar esa sensación. Fueron un cuerpo, una carne, un suspiro que empaña ventanas, fuego del vientre que sopló el universo, destellos de auroras que pintaron el manto naranja del cielo carnal. Encontraron cada quien su hogar, su lugar en el mundo, él supo que solo dentro del cuerpo de esa mujer podía sentirse realmente vivo, que solo ahí la paz le tejería una manta, solo en ese espacio su existencia tendría sentido total. Ella supo que su cuerpo estaba hecho para sentir aquel otro cuerpo, que las medidas eran perfectas, que tras la piel se encontraban semillas que solo esas manos podrían regar.

La llegada a la estación del sur fue una incertidumbre total, Sophia tenía miedo, Sophia siempre tuvo miedo. Ella no quiso quedarse esa noche, no quiso irse con él, perderse en la incertidumbre del futuro, vivir donde sabía que tenía que vivir. Él le preguntó:

-       ¿Te irás conmigo?

La miró con los ojos más esperanzados que se han visto jamás. Ella acarició las mejillas de él, le sonrió. Su cuerpo, su corazón, su alma dijeron que si, pero sus labios y sus pasos dieron un: “No”.

Ella lo besó muy dulcemente, le miró tranquila como si fuera dueña absoluta de la situación, no era ella la que hablaba, eran sus miedos, dijo: No, no puedo hacer eso.

Ella avanzó unos pasos, salió del vagón y la posibilidad de quedarse, de regresar a aquel vagón e irse a donde ese hombre, del cual no conocía ni su nombre, quisiera ir. Pero no pudo, no pudo hacerlo. Sacó de su abrigo un gel antibacterial y se lavó las manos una vez más, otra vez la suciedad.

Él se quedó parado y miró como la figura de aquella mujer desaparecía en la lejanía del túnel de la estación del sur. El corazón saltó de su pecho y la desesperación inundó sus ojos para convertirse en un calmo llanto. Solo pudo gritar:

-     Siempre tomo el primer tren… toco en los vagones a cambio de una moneda, a partir de hoy solo trabajaré en esta ruta para encontrarte, esperaré hasta el último tren con la esperanza de volverte a ver.

Ella lo escuchó, detuvo sus pasos. “Quizá después” pensó. Sophia pensó que algún día se le quitaría el miedo. Sophia nunca supo que esa misma noche el músico llegó al mar de donde las almas no regresas, no supo que su destino era conocer al amor el último día de su vida. Sophia determinada a vivir ese amor, se decidió a dejarlo todo por él, tomó el primer tren al día siguiente, encontró bajo el asiento, donde una noche antes se amaron, la armónica que el músico dejó caer para acariciarla. La levantó y pensó que tendría que dársela, que la devolvería a sus manos y que ese día también le entregaría su corazón. 

Sophia lo perdió todo, no hacía otra cosa más que llegar al primer tren, pasar todo el día ahí sentada hasta que el último la devolviera al sur. Ese día, extrañamente, en el último tren venía mucha gente. Ella los observó a todos los pasajeros, eran nueve y con ella diez, nunca antes había visto tantos pasajeros en el último tren. Los miró muy bien: una casi anciana vestida de negro con un rosario en la mano, una estudiante que se peinaba el cabello, un bizco, un hombre feo que miraba las piernas de la estudiante, una mujer con una maleta que cuidaba como su vida, un hombre alto y misterioso de gabardina verde, un señor con una máquina de toques, una mujer rubia y un hombre que sudaba de manera muy extraña. Todos aparecieron ahí como un aquelarre de rarezas. Ella llegó a su casa, sin éxito, una vez más no encontró a su músico, ya había perdido la cuenta de cuantos días había pasado dando vueltas en el tren, esperando encontrarlo de nuevo. Inmediatamente abrió las llaves de la regadera, la sensación de suciedad era cada vez más insoportable y se había incrementado desde aquel día en que se sintió tan limpia. Se metió al chorro de agua y mientras se tallaba, mordía la espuma que hacía el jabón, la mordía, saboreaba las burbujas en su boca, después mordía la barra entera del jabón, quería limpiar su boca, esa boca maldita que dijo “NO” cuando quería decir “SI”. Su boca era la más culpable de esta creciente suciedad. Sophia quería limpiar las palabras que dijo sin sentir. Sophia quería limpiar el alma que no supo entregar. Quizá mañana, Sophia, quizá…


Martín Licona. 

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