Decálogo de las perversiones. IX.


Decálogo de las perversiones
Cuento IX.


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Ella se levantará temprano con la esperanza hecha resaca, lavará su cuerpo en espumosas brisas que le recorrerán mil veces. Todo el tiempo, toda la paz de una ducha, un chorro de agua constante -cortinilla de perlas suaves- cayendo incesante por las curvas de su cuerpo. No habrá espacio ni lugar que no se frote, cada poro de su piel será limpiado con el terco cuidado de quien construye algo a conciencia  y a cariño. Así ella limpiará su piel -blanca como si fuese un pedazo de nube diseñado a placer por un pervertido de buen gusto-  exprimirá su cabello -rubio como si el sol con sus rayos hiciese un río en cada cabello- lo descansará sobre sus hombros y latigueará su espalda haciéndola sangrar agua que escurrirá hasta sus tobillos. Su cuerpo estará depilado completamente, ni un resto de vellosidad, ni troncos verdes de un campo talado, nada que no sea su suave belleza. Pondrá tela en su hermosura, prisión necesaria para un manjar exquisito; unas cintillas delgadas se sujetarán de sus caderas, unos volovanes negros serán envoltura de lunas, un vestido también negro, cinturón rojo, tacones altos, delgados. Saldrá a la calle desde temprano, el tiempo es siempre un enemigo que no perdona. Tomará el tren al norte, ahí caminará por las calles, segura, deseosa, dominante. Mirará a quien desee mirar, ignorará todas las demás insinuaciones. Paseará por la plaza principal -jardín de jacarandas que tiñen de morado la tarde, bancas quietas, fuentes sin agua pero con años y gente que camina despreocupada- es siempre un buen lugar para esperar que caigan las víctimas.

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Ella no sabrá porque pero sentirá desde hace un puñado de días una palpitación en las piernas, en la parte profunda del muslo, pegado a las ingles. Será cada vez más molesto. Empezará todo con aquella visita a casa de su mejor amiga, una visita inocente, donde charlarán, reirán y dormirán juntas como cuando ambas eran niñas, pero ya no serán unas niñas. Ella sentirá en el abrazo de su amiga un calor inadecuado, sentirá el rosar de su pijama de felpa y aquello despertará un ansia que no había conocido. Tocará, disimulada entre sueños, los muslos de su amiga, las corvas de sus rodillas, la espalda lisa. Será ese el día en que empiece a sentir esa palpitación, esa pulsada insistente, constante salivación y humedad en su cuerpo. Cada día luchará contra eso, intentará pensar en otras cosas; en el colegio, en dios, en su madre. Tendrá morados los brazos de tantos pellizcos que se dará cada vez que sienta aquel “antojo” -como ella misma lo llamó- aun así será inevitable que lloren sus piernas, no podrá evitar el calor y el sudor en su frente cada que vea a su amiga. Llegará al borde de sus ansias cuando se encuentren en el baño. Su amiga le pedirá que vea el crecimiento de su vello así que levantará su falda y bajará su ropa interior. Ella mirará aquel campo de creciente pasto negro, ya no son una niñas, les ha llegado el cambio, su cuerpo está preparado, pero ellas aún no. Tocará con la mano a su amiga, paseará con sus dedos aquella alfombra de juventud. Solo eso. Ambas sabrán que ya no son unas niñas. Aquella punzada será desde ese día interminable.

***
Verá a una joven que abandona recién el barco de la niñez, estará tímida y pensativa, sentada en una banca con sus útiles del colegio. La verá muy detenidamente como cuando se mira un milagro que no se quiere creer. Se acercará para cerciorarse de que su imaginación no le juegue una broma. Será real. Notará su mirada triste, inundada, a punto de explotar en lágrimas. Se sentará junto a ella, cruzará la pierna -el primer indició siempre es una mirada, ningún deseo escapa a la verdad de los ojos- la joven mirará las piernas de aquella rubia de vestido negro y belleza franca. Mirará el hueco, la cueva de sus muslos. Ella le preguntará su nombre, la joven responderá que se llama “Hilella”, raro y sensual nombre. Le preguntará el porqué de su llanto, de aquella tristeza, de aquel crucigrama que se dibuja en la mirada. Hilella le dirá todo, será franca, se sintió cobijada de inmediato por aquel ángel hermoso de vestido negro, de cinturón rojo, de rubia cabellera. Le dirá que se siente confundida, que un diablo se metió en el ojillo de sus piernas y le provocó un deseo imparable de probar lo que se siente correr hasta que se le doblen las piernas, estallar siguiendo los caprichos de su cuerpo. “No es carne endurecida lo que necesitan tus entrañas” dirá la rubia al oído de Hilella. No se necesita un mazo, no es necesaria la espada para matar. Con su voz sensual golpeando los oídos, logrará pronto enamorar a Hilella, no será difícil que la siga, que se deje convencer. Aquella rubia que los hombres no dejan de mirar, aquel objeto del deseo que romperá la monotonía de tantos, se encontrará sentada en una banca del parque de jacarandas, hablando, seduciendo a una joven confundida que despierta a la sexualidad, que ha sentido el calor, ese calor que empieza temprano, que embrutece, que palpita como una bestia enjaulada que a embestidas pide su libertad, a Hilella no le interesarán nunca los durezas, la rudeza, lo fuerza bruta, la poca delicadeza de los cuerpos masculinos. Ella prometerá a Hilella que le enseñará, que junto con ella descubrirá el sabor de las estrellas, a que huelen los cometas y como se siente el caer de una noche sobre su cuerpo. Ella se llevará a Hilella al departamento. Llegarán ahí, a ese lugar que en cada detalle estará diseñado para provocar la lujuria. Le invitará una copa de vino, la pondrá cómoda sobre un sillón rojo cubierto en telas delicadas y blancas. Soltará su cabello, despojará su ropa, recorrerá a besos el cuerpo de Hilella con el mismo empeño con el que limpió su propio cuerpo en la mañana. Se desató la bestia, soltó su vuelo. La lengua será un caminante errante, pasará callejones conocidos sin encontrar nunca la salida, no por ello dejará de caminar. Al fondo estará la otra mujer, apenas mirando desde el umbral de una habitación, será casi una sombra, una mirada tan tenue que no sentirán en medio de la pasión, apenas su respiración excitada traspasará la puerta, su ojo en la penumbra, pelado de las expectativas que le provocará el hecho. La rubia caminará desnuda justo cuando el torbellino iba a llevar a Hilella a tocar el cielo. Sacará de un cajón un palo, un canalete delgado. Con él en la mano se acercará a Hilella -quién aturdida por el golpe de la satisfacción no pondrá ninguna duda sobre la mesa, se dejará llevar por la marea del placer que le ha confinado a aquella hermosa rubia- abrirá sus piernas como si con ellas fuese a abrazar al sol. Con el canalete acuchillará una herida ya abierta, la introducirá con fuerza, tanta que Hilella gritará y en un suspiro se comerá la frontera entre el placer y el dolor. Lágrimas rodarán, sangre caerá en el canalete, una serpiente roja, abundante pero escasa a la vez, escases que se implanta de facto en las cosas importantes. La rubia sostendrá en ese trozo de madera la sangre del himen roto de Hilella. La llevará como un preciado regalo hacia la puerta desde donde la otra mujer mira en las sombras. Antes de entrar a la habitación, sobre el hombro aun desnudo dirigirá su voz a la pobre adolecente desnuda y confundida que se quedará estupefacta en el sillón: “Vístete y sal de aquí”.


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Ella caminará con la mirada lluviosa hasta llegar a su casa. Nunca entenderá lo sucedido con aquella rubia. Solo sentirá el vacío y la humillación. Sentirá que su cuerpo solo es un trozo de carne que servirá únicamente para ser apuñalado, aquella será la única manera de hacer feliz a los demás. Felicidad y placer nunca lo tendrá. Ella pensará que su dios -generoso y compasivo- habrá actuado contra ella por apartar la sexualidad de su fin único, la fertilidad. “Es un castigo” se dirá. Un castigo por buscar el placer del sexo. El sexo, la sexualidad; castigos divinos, tentaciones malditas.

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Entrará a la habitación con aquel tesoro. Ahí acostará sobre la cama a aquel bulto que miraba en la penumbra. Tomará siempre su brazo, con dificultad le quitará la ropa. Bajo esas capas de tela encontrará un cuerpo colgado por los años, huesos débiles, arruga tras arruga. Ella acariciará aquel cuerpo viejo, casi muerto, pútrido de años gastados. Aquel cuerpo corresponderá caricias con tosidos que pretenderán ser gemidos de placer, una boca entre abierta, carente de dientes, arrugas que derriten ojos. Ella tomará el canalete que duerme la sangre de la joven, lo acercará a un vaso de leche extraído de la mama. Hará ahí un elixir divino, lo pondrá después sobre la boca seca y moribunda de la vieja. Beberá el vaso y la vitalidad regresará al cuerpo arrugado, una vez más se encenderá, recuperará la fuerza y la humedad. ¿Coincidencia extraña o brujería? No lo sabrán. Pero una vez más la sangre de himen roto les regalará una noche de placer a aquellas mujeres tan enamoradas y tan distantes temporalmente. Irá la mujer a tomar el último tren que la lleve al sur. Será vista por cincuenta y dos personas en las cuatro calles que tiene que atravesar del departamento a la estación de trenes. Sus pasos se llevarán bien con el ritmo de sus caderas, tacones en la banqueta -taca-taca-taca-taca- casi un llamado a los perros ojos que muerden en miradas, fornicada mil veces en el imaginario de cada persona que le miró la espalda, ella solo pensará en la viejita que ama… “unos días más de vida” se dice una y otra vez. Ese es el regalo que les brinda la sangre de himen roto. La rubia hará hasta lo imposible por mantener vivo al amor de su vida, tendrá que esperar que la misma suerte le llegue pronto. Su amor es una carrera contra el tiempo. 

Martín Licona. 

Comentarios

  1. jejeje si cumpliste y públicaste en Navidadddddddd!!!! :9

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    1. Te dije que yo nunca descanso!! jajajaja el último saldrá el 31 lo pongo en tu muro para que seas la primera en leerlo!! un beso!! :)

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