Decálogo de las perversiones VI.


Decálogo de las perversiones.
Cuento VI.

Te levantarás temprano, cosa habitual en ti. A penas un medio baño, leerás el periódico mientras tomas café amargo. La mesa estará sucia y verás a una cucaracha correr por entre tus trastes que llevan cinco o seis días esperando ser atendidos. Pensarás en rasurarte, no lo harás, nunca lo haces, es común en ti pensar que haces las cosas, que lavas los trastes, que te bañas, que cambias de ropa, pero no, nunca lo haces. Tomarás tus instrumentos de trabajo; una pequeña caja, un sombrero roído, una bolsa con monedas. Saldrás caminando despacio por la avenida, no saludarás a nadie, nunca lo haces. Llegarás al tren, irás al centro, ahí caminarás durante un rato, te gusta sentarte en las bancas que dan hacía una boutique cara y darle de comer a las palomas mientras observas a las señoras ricas cargar bolsas de ropa cara. Ahí permanecerás durante casi tres horas, acercándose la hora de la comida te irás preparando para el trabajo, ya sabes cuales son las mejores cantinas para trabajar, ya todos te conocer, hay gente que hasta pregunta por ti. Nadie sabe lo peligroso que eres, nadie podría saberlo con esa cara de perro moribundo, con esos huesos que se marcan en tu barba blanca y mal cortada, nadie sospecharía de un casi viejo, tan delgado como la muerte, sucio, introvertido, con esos ojos verde cansado, tantas arrugas como almas en tu conciencia. Eres como una sombra que nadie advierte su presencia hasta que te acercas con esa cajita y preguntas: ¿No quiere toques?

Te acercarás primero a “La Única”, cantina con mesas amplias de madera, oscura, con espejos, olor a tabaco y ron. Te esperarán ahí un puñado de empleados que salen a relajarse en su hora de comida. Un par de ellos te pedirán que les des toques, nada interesante, nada de lo que te gusta. Habrá en la barra una mujer que te llame la atención, rubia, pequeña, vestido tipo sastre, falda arriba de la rodilla. Comerá ahí junto a su novio; un tipo de traje, fornido. Te acercarás a ellos, los espantarás al preguntarles si quieren jugar con la máquina de toques. Desearás que ella acepte, querrás que te diga que sí. No aceptarán. Pensarás que es una lástima. Saldrás de la cantina para ir a otra y luego a otra más, así pasará la tarde, sin nada interesante, sin excitación alguna.

A punto de caer la noche recordarás a la mujer de la semana pasada, escucharás de nuevo sus gritos, su desesperación, a ti nada te parece más excitante que el grito de una mujer. Se te enchinará la piel al recordar el aquelarre de la semana que acaba de pasar. Era una mujer rubia, quizá tendría diecinueve o veinte años, la viste en la cantina “La mascota” ahí ella tomaba una cerveza con algunas amigas. Hicieron ahí un círculo para jugar a los toques, todas gritaron, todas apretando las manos sintiendo un plácido dolor que engarrota los dedos, ella era sin duda la más bella, la que más gritaba, la de manos más delgadas, la que alzó un poco la pierna al sentir el sexto nivel. Esa tarde fueron tres las que llegaron al nivel diez, ella era una de las tres. Fue fácil tu elección. La seguiste al salir de la cantina, ella nunca te vio, nunca nadie te ve, parecieras un fantasma que ronda las calles y muy de vez en cuando alguien advierte tu presencia en una instantánea. Llagaste a su departamento, entraste sin que se diera cuenta, la encontraste en la ducha y no tuviste piedad de ella. Conectaste tus aparatos a su cuerpo desnudo, mojado; uno en el cuello, otro entre el dedo grande del pie, en sus costillas, en sus labios. Jugaste con el medidor de voltaje; descargas pequeñas primero. Ella lloraba y gritaba, no hay para ti un placer igual, esos gritos ahogados por un pañuelo en la boca, las lágrimas corriendo por su rostro, la desesperación, el dolor. ¿Qué de malo hay en el dolor? La gente siempre busca el dolor, se acostumbra a él, lo pide, lo extraña. Hay gente que te paga para que le des toques, tú siempre eliges a las mujeres más bellas que logran llegar al nivel diez de tu caja de toques, las eliges para darles algo de lo que ellas te pidieron, para enseñarle tus aparatos privados que descargan hasta trescientos volts. Hueles su carne quemada, chupas sus ojos, mamas las lágrimas que te dan como pago, te llenas el oído de esos gritos apagados, metes esos tubos que conducen la electricidad en los rincones más inhóspitos de tus víctimas, ¿Deberíamos llamarlas así? Tus desafortunadas elegidas.

Entrarás con la última esperanza a la cantina “Buenos Aires”, ahí la verás, subida en un pequeño escenario controlando una marioneta. Quedarás inmediatamente encantado por su belleza; morena, pequeña, delgada, con mirada triste. Te quedarás ahí, impávido, mirarás como ella le da vida a aquel guiñapo de madera y trapo. Darás una vueltas, algunos clientes te pedirán que te acerques, los atenderás pero ya distraído por aquella marionetista.  Verás de reojo como acaba su espectáculo, como guarda con amor de madre a aquella marioneta, sentirás el deseo de acercarte, quizá todavía no sea tiempo, lo dudarás. Entenderás que quizá sea mejor esperar. Ella se sentará algunos minutos en la barra, le servirán un whiskey, te le acercarás.

-  ¿No quiere toques? – preguntarás con una ponzoña en el pecho esperando que su respuesta sea positiva.

- No, gracias. – te responderá y tú con un hondo vacío, insistirás.

- Para usted es gratis, señorita – sonreirás, tratarás de sacar un poco de belleza y ternura dentro de ti, dejarás el descubierto la ausencia de tus dos dientes frontales.

-Gracias, pero no – dirá ella, y tú darás la vuelta con un coraje que huele a tristeza, poco a poco te alejarás con el presentimiento de que esa noche no sacarás nada de placer. – Espere, mejor, si quiero, solo que hágalo despacio. – palabras mágicas para ti, te acercarás de nuevo a ella con la ilusión del niño que abre su regalo. Le darás los tubos de metal con lascivo cuidado.  – Tiene que llegar al nivel diez, señorita. – ella solo sonreirá con tus palabras, pero para ti se juega el platillo de esa noche, pensarás que por su tamaño no será capaz de llegar hasta ese nivel, sin embargo mantendrás la esperanza. Empezarás con el nivel uno, solo una sonrisa. Nivel dos, ella sentirá apenas unas cosquillas en los dedos. Nivel tres, las cosquillas corren hasta sus muñecas. Nivel cuatro, ella sonreirá algo nerviosa, soltará alguna risa, sentirás que se divierte y eso te excitará. Nivel cinco, las manos se le doblarán, esbozará una mueca de dolor, eso hará que tu boca empiece a salivar. Nivel seis, ella tratará de aguantar pero las piernas se le doblarán y empezará a soltar aquellos gritos tenues disfrazados de carcajadas. – Aguante, señorita, ya casi llega. – estarás ansioso por que ella sea la victima de esa noche, no hay nadie más perfecta para ti, su ternura y tristeza conjugadas por aquellas hermosas muecas de dolor, su voz delgada soltando carcajadas. Nivel siete, parecerá que ella no aguanta más. Nivel ocho, a ella se le trabarán las manos, te mirará por un momento y en ese instante sentirás que existes, dejarás de ser un fantasma por aquellos segundos en que sus ojos mirarán los tuyos con algo de placer y de lujuria, como si ella mirara a su victimario con la confusión entre pedirle que pare y pedirle que siga hasta el final. Nivel nueve, estará a punto de soltarse, rápido pasarás al nivel diez y ella soltará un grito que se quedará guardado en tus sucios oídos para siempre, aventará los tubos y reirá un poco.

Te agradecerá la experiencia, aparentarás que te vas, pero en realidad la esperarás hasta que salga, la seguirás de lejos. Ella nunca se dará cuenta, nadie se da cuenta. Tomarás junto a ella el último tren que va hacia el sur, ella irá ensimismada, mucho más preocupada por cuidar su maleta que por lo que pasa a su alrededor. Verás cómo un hombre de gabardina verde intentará sentarse junto a ella. Ahí en el vagón imaginarás lo que le harás cuando la sorprendas en su casa… le amarrarás todo el cuerpo, le meterás tres tubos electrificados, cuando su cuerpo empiece a oler a quemado meterás los pequeños tubos de tu caja de toques en sus dos ojos y soltarás ahí una descarga múltiple con todos los juguetes que guardas, verás sus convulsiones, olerás su muerte, sentirás como deja de gritar, de intentar salir, pensarás que ella así lo quiere, que ella quiso llegar al nivel diez porque le da placer el dolor ¿Qué de malo tiene morir de placer?.

Bajarán del tren, caminarás detrás de ella hasta su casa, ahí aguardarás afuera unas horas, esperarás el momento adecuado para entrar, rodearás la casa tratando de descubrir cuál es la mejor ruta para entrar. Descubrirás le ventana del baño abierta. Por ahí entrarás. La buscarás por la casa. Ahí estará ella, colgada en la sala de su casa, la verás con desilusión, con enojo, intentarás bajarla, desamarrarla, no tendrá caso, estará muerta. ¿Por qué si iba de matarse no se esperó a que tú lo hicieras? Que tristeza morir solo, sin que nadie te ayude. ¿En dónde queda el placer de la muerte si lo haces a escondidas, sin motivo aparente, sin dejar que alguien se nutra de tu último aliento? Estarás completamente decepcionado, verás la maleta que cargaba, la abrirás y sacarás de ahí la marioneta, tan muerta ahora como su manipuladora. Nada tienes que hacer ahí, la muerte llegó primero que tú. Aventarás la marioneta a la chimenea aún encendida. La muerte así no es placentera, te quedarás sin cenar otra vez, esperarás pronto encontrar una valiente menos loca que llegue al nivel diez. 

Martín Licona.

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