El diario de Asterión. Un minotauro en su laberinto. Día 2.







El diario de Asterión.
Un minotauro en su laberinto.
Día 2.
Por: Martín Licona.





Conté ya que mi esperanza se fija en que tus ojos vean estas letras y confió que ahora tus manos sostengan estas hojas amarillas y arrugadas. En la distancia y en el tiempo que nos separan intentaré contarte del inmenso amor que te tengo, aun ahora que seguramente mi alma vomitada por mi cuerpo caminará errante por Creta y su laberinto. No podrás ya recordar la sonrisa de tu padre, no tendrás recuerdo en tu memoria de mi voz llamándote. Tu vida ha seguido en contraste con la mía que se detuvo desde aquella última vez que te miré, han llegado a tu cuerpo los años y si bien he podido contar las lunas, en este momento en que la tinta se me resbala, tú tendrás cumplidos cinco años. Incalculable es el momento en que este diario deje de volar para colocarse bajo tu brazo.

Conocí a tu madre tres años antes de que tus ojos vieran por primera vez la luz. Ella venía de la montaña, de piernas largas y duras, risos que mordían su espalda, bella como el horizonte donde teje la esperanza. Me encantó su risa que no era canto de ruiseñor, su nariz que no fue tallada a pedido de los dioses. Ella era joven como la primavera y yo ya pisaba el otoño, quizá por ello nunca nos entendimos realmente. Sin embargo durante años logramos construir un hermoso verano en nuestras vidas. Buscó en mis ojos refugio de su llanto, busqué en sus manos la calma de mis pasos, en su juventud el reverdecer de mis prados. Bastará decirte que la amé como a nadie, que Ariadna se convirtió en la luna de mis noches y el calor de mis días. Aún después de tantos desatinos, de las crudas encrucijadas que nos impuso el destino, de esta ausencia y este exilio, aún después de tanto, en mi pecho siguen las notas de su aroma, los ventarrones de sus ojos, arena de sus labios, desgrane de sus manos. Su nombre sigue en el canto de mis días. 

Cuando comenzaron las reuniones yo era muy joven, los acuerdos llevan mucho tiempo a los hombres. Subíamos la montaña y hablábamos, discutíamos al amparo de las nubes que nos acompañaban. A los dioses del Olimpo nunca les importó lo que discutiéramos allá arriba, nunca les importó lo que pudiera venir de la montaña, ni siquiera aquellos rumores que les fueron llevados en bandeja por aquellos compañeros que despechados abandonaron la lucha. Cuando nos voltearon a ver nuestro puño ya iba hacia su rostro. El principio nunca es fácil, aunque ayudó bastante los maltratos de los dioses, tanto te roban, tal es su despojo que sin quererlo te van quitando también el miedo. Todo comienza con las palabras, ahí se construye el mundo y nosotros añadimos palabras a nuestra realidad, nuestro labios comenzaron a pronunciar la “libertad”, la “dignidad”, la “lucha”, la “resistencia”, la “revolución” [quinteto de femeninas palabras en las que englobamos nuestros sueños]. Al llegar de las armas ya teníamos muy aprendidas esas palabras, era tiempo de trasmutar su dicho a la acción. Desde las montañas nacieron hombres y mujeres de una sola cara, de una sola voz y con un solo objetivo. Caminamos desde nuestra desesperanza para que supieran los del Olimpo que en la tierra había gritos de dolor y de olvido, no podíamos permitir más hambre y más olvido, ya venía el tiempo de presentar la cara ante los que se habían negado a aceptar nuestra existencia. Vino en la noche el amanecer de un pueblo que gritaba: “libertad”.

¿Podrás tú, ahora, mirar a tu madre? ¿Seguirás bajo el amparo de sus faldas? Espero que sí, que al leer de mí puedas correr hasta ella y darle un beso en la frente que lleve el alma de mis labios, ahora morados y sedientos. Cuéntale ya que en este laberinto construyo y reconstruyo la última noche que nos fundimos en fuego, que si recuerdo algo del goce y la dicha carnal es gracias al recuerdo de sus besos. Andaré mucho en su recuerdo, imagino cómo se llenará de canas y de arrugas, cómo le caerá la edad en sus pechos, en el Partenón de debajo de su espalda. Si bien me corresponde la vida podrás contarle en su invierno que tu padre la siguió amando hasta el último suspirar de sus menguados días. Ella nunca quiso la lucha, ella prefería un hogar pequeño en Delos, la vida cotidiana de uvas, pan y vino. Me amaba demasiado como para seguirme tanto tiempo.

Espero nunca juzgues mal mis actos, espero no me reproches nunca mi ausencia. Uno solo puede ser uno mismo hasta el final y aquellos que se abandonan terminan perdidos en una vida que no es la suya. Pude dejar la lucha pero no lo hice. Pude abandonar mis ideales pero no lo hice. Era demasiado tarde, siempre fue demasiado tarde, renunciar significaba huir, esconderse. Solo pude ser quien he sido siempre y aceptar las consecuencias de mi lucha. Prefiero tirar al vuelo una moneda y confiar en la inteligencia de tu alma para poder comprender que tu padre murió y luchó por un mundo más justo, por un mundo donde puedas vivir mejor, por un mejor mundo para todos. Aunque esto significó no poder despeinarte nunca el copete, no poder llevarte en mis hombros por la playa, no poder ayudarte  a caminar, enseñarte a nadar, leerte antes de dormir, despertarte con un beso. Fue mucho lo que arriesgué y perdí. Si de algo te sirven de consuelo mis palabras debes saber que tu padre, a pesar de las torturas, las vejaciones, las ausencias de tu madre y de ti, a pesar de todo ello, tu padre… nunca dejó de ser él mismo, nunca se abandonó, nunca se traicionó y nunca traicionó sus ideales. Me comí todos los nombres, todas las fechas, todos los lugares. Me volví un antropófago que devoró a todos sus amigos y seres queridos para que se me olvidaran por siempre las señas, los rostros, todos los momentos.

Espero Ariadna pueda contarte lo mucho que te amaba, espero que ella sea la porta voz de mi cariño, que no olvide nunca que mis ojos brillaban por ustedes, que el odio no la reprima, no la anquilose en el silencio, que no me mate en tu corazón y en tu memoria. Sé de lo mucho que llegó a odiarme por no dejar la lucha, sé del rencor que acumuló de tanto que yo no entendía, de tanto que me fui, de tanto que no supe cómo decir. Sé que quizá se fue odiándome pero… ¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse? Ella es mi laberinto.

Comentarios

  1. Excelente publicación. Realmente despierta la necesidad de continuar leyendo la historia. Se espera con ansia la tercera parte

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    1. Gracias por leernos... ¡¡Ya está la tercera parte!! sale cada semana los días Miércoles, se publica aquí y en https://www.facebook.com/elaleteardelcolibri
      Saludos.

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