En un rincón de mi alma // La muerte, una mosca, una araña y mi guitarra.







La muerte, una mosca, una araña y mi guitarra.
Por: Martín Licona.











Verde y panteonera era [fue]. Voló cerca de mi oído sin estar realmente cerca. Pocas cosas son las que estremecen tanto como su zumbido; quizá un gis mal tallado en el pizarrón, un metal raspando otro metal o el mal masticar de un samaritano. Yo escribía, tenso por el ruido, un cuento sobre la máquina de coser que uso como escritorio.  Una vez pasó frente a mis ojos, dos más me sopló la nuca. Irreverente era [fue], se posó en el armazón de mis lentes. No perdoné tal atrevimiento, levanté del sillón mis posaderas y salí de cacería.  Tomando en cuenta que no tenía armamento, utilicé entonces un cuaderno enrollado y esperé al centro de la habitación. Paciencia, cerré los ojos, guiar el ataque por el sonido… ¡Pum!, golpe certero, envidiable hasta para un bombardero de las grandes ligas. Se fue como proyectil por el jardín central, se va… se va… se fue… ¡Home run! 

Aquel animal; ojón y de verde caparazón, cayó justo en la base de mi guitarra de donde colgaba una telaraña. De todos los lugares que podía encontrar, escogió ese para caer. Entonces, ahí, su muerte no fue [es] inútil, ni es [fue] un arrebato de mi ira que, en aras de mi comodidad, me impulsó a matarle. Bastaron segundos para que de mi guitarra saliera una araña del tamaño del mundo [proporcional mi exageración al miedo que me hizo sentir], rapaz se acercó y comenzó a envolver a la mosca. Me quedé mirando el espectáculo muy de cerca [no es cierto, cuatro pasos atrás y subido en un sillón], hasta entonces no sabía que las arañas comían moscas, siempre pensé que comían polvo o espagueti, pero moscas no. En mi guitarra vive esa araña, en la base toma clases de punto inglés y teje trampas para moscas [cuando se pone cursi hace chambritas y pequeños calcetines para ocho patas]. Ahora no puedo matarla, no después de haberle dado de comer, sería una descortesía; darle vida y después matarla. Al alimentarla la hice mía, el acto involuntario me creó una responsabilidad. Una madre no amamanta a un bebé para después tirarlo, ¿qué clase de animal [madre] sería yo, si hiciera algo así?  

Las arañas me da miedo, pero a la mía ya le he puesto tres moscas más. La muerte es cosa seria, en una de esas la vela que se apaga prende otra más y en lugar de tener una muerte, tienes una vida. Dos conclusiones me dejó la anécdota: Tengo una guitarra que ahora no puedo tocar, pero que cuando podía, la abandoné, y por ello decidió cambiar de giro y convertirse en un arácnido hotel de cinco estrellas. La otra conclusión es que… a las moscas nadie las toma enserio

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