El diario de Asterión. Un minotauro en su laberinto. Día 6.





El diario de Asterión.
Un minotauro en su laberinto.
Día 6.
Por Martín Licona. 







Asterión murió ayer. Yo sostenía su cabeza cuando su corazón se detuvo, se bebió de golpe todos los amaneceres. En sus ojos se formaron dos abismos y por fin su cuerpo dejó de sufrir. Intenté rescatarlo durante el incendio, fui hasta la fosa donde lo habían encerrado por órdenes del mayor. Cuando pude abrir la fosa él estaba desmayado, apretando sobre su pecho las hojas que le entregué hace unos días. Pude sacarlo aún con vida, lo llevé fuera, volvió a ver la luz y sonrió. Me pidió que le entregará las hojas y el carboncillo, se puso a escribir sobre una hoja, algunas letras tibias y temblorosas que parecen no decir nada. Sobre esa hoja se tendió, no pudo más, se recostó sobre la tierra y me miró como tratando de decirme algo, solo balbuceaba. Un canario se posó sobre su pecho, él sonrió como quien encuentra a un viejo amigo, tomó fuerza y me dijo: “Termina de escribir mi historia, Eros debe de saber quién fue su padre… busca a Eros, dile que lo amaré por siempre”. Murió gritando: "Todo el curso de mis lágrimas discurre hacia ti". Al momento su alma brotó como fuente por su boca, el canario voló llevándose su último aliento y sobre mis brazos la muerte hizo de las suyas. Te cuento con la cara llena de vergüenza que yo fui quien custodiaba a tu padre, que dentro de mis labores estaba no dejarlo salir, mantenerlo ahí. “Uno no siempre hace lo que quiere, uno no siempre puede”, esa frase me la repetía tu padre cada que le expresaba lo mucho que me gustaría poder ayudarlo. Él me nombró: Hermes, decía que yo era para él un mensajero del mundo. Inventó todo un universo ficticio donde nos re-nombró a todos para no caer en un error que pudiera costarnos la vida. Se inventó un mundo lleno de fábulas y permeado por la mitología griega que tanto le apasionaba. Sabía que esto podía llegar a malas manos y que podían utilizar esta información para hacer daño. Ni tú te llamas Eros, ni tu padre Asterión, pero cuando esto llegué a tus manos, sabrás que es para ti. Sabrás quien es tu padre. He leído estas notas con gran curiosidad e intentaré contar la historia de tu padre, aquello que me compartió cuando podíamos pasar algunas horas juntos, cuando me tocaba custodiarlo mientras se recuperaba de los golpes y las heridas que le dejaban los interrogatorios.

Tu padre amaba profundamente a tu madre. Ella lo entregó, sin embargo tenía una razón de peso para hacerlo. En la vida creemos que todo es negro o blanco, sin embargo el color que más se asemeja a la vida es el gris. Tu madre no tuvo opción, tuvo que elegir entre tu vida o la de tu padre. Cuando la rebeldía se reubicó en el sur, el gobierno tomó sus precauciones. Alguien traicionó a tu padre y soltó información. Al no poder encontrarlo, buscaron a su familia. Sino lo podían matar a él, matarían lo que más amaba. Por ello tu madre le tendió una trampa, lo citó para pasar una noche juntos, justo en tu cumpleaños tercero. Al amanecer tú y tu madre se fueron de esa casa. Entraron los militares a despertar a tu padre, lo despertaron a golpes, le patearon la cara hasta casi matarlo. Cuando lo entregaron aquí, en la prisión, tu padre estaba moribundo y aún sin entender lo que estaba pasando. Recuerdo que me tocó trasportarlo hasta la celda; la más oscura y apartada, la que se conoce como el calabozo. En el camino me preguntó por su esposa e hijo, me dijo llorando y con los labios partidos por los golpes que solo le dijera si estaban vivos. No hablé, no le dije nada. Cuando me reuní con sus captores, todos se reían de la broma. Ellos le dijeron mientras lo golpeaban que habían matado a su esposa y a su hijo, que los habían violado y colgado en la puerta de su casa. Según ellos para advertir a todos los revoltosos lo que puede pasar cuando te metes con el estado. Ahí empezó la tortura para tu padre, ellos le hacían creer que ustedes tuvieron ese fatico final. Yo no podía decir lo contrario, no podía desmentir, sin embargo, aunque visto de azul y estoy entrenado para recibir órdenes sin cuestionarlas, el acto me parecía inhumano. Cuando tuve oportunidad le conté a tu padre la verdad, supongo que me creyó, cuando se lo dije me respondió: “Siempre supe que era falso, dentro de mi corazón aun late el corazón de mi hijo. Él no puede estar muerto”. Yo no podía decirle más, a veces solo lo escuchaba con unas inmensas ganas de contarle la verdad de todo, pero no podía, iba mi vida en juego. Ni él, ni yo, éramos traidores, lo único que nos separaba es que estábamos en bandos diferentes. Yo no podía traicionar al estado por el cual juré dar la vida. Él no traicionó jamás a la revolución.

Sin embargo, cuando era testigo de vejaciones inauditas, decidí siempre ayudarlo lo más posible. Él solo, unió cabos y descubrió que tu madre lo había traicionado, tiempo después también entendió los motivos. Cada que llegaba a verlo me contaba emocionado los avances en sus hipótesis, al momento que daba en el clavo, yo asentaba con la cabeza y él sonreía aliviado. Así poco a poco fue descubriendo todas las verdades y creo que ese empeño por la verdad lo mantenía vivo. 

Ahora ha estallado la guerra civil. Entre tantos grupos subversivos se han ido perdiendo los nombres y las fronteras. Ayer que atacaron la cárcel mataron a casi todos: policías, prisioneros, autoridades. Yo pude escapar y logré sacar a tu padre con la esperanza de salvarle la vida, no lo logré. Ahora que el estado se ha roto, no tengo a nadie a quien servirle, soy libre. Ahora camino entre esta jungla sin orden y sin ley, dónde cualquiera puede matar a cualquiera, por todos lados se escuchan disparos, gente gritando. Me acompaña el canario que visitó a tu padre en la hora de su muerte. Tu padre siempre me habló de un mejor mundo, que bueno que sus ojos ya no parpadean en esta inmundicia, esta terrible realidad le dolería mucho más que las torturas que recibió en la cárcel. Intentaré cumplir la última voluntad de mi amigo, Asterión, el último minotauro.

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