El diario de Asterión. Un minotauro en su laberinto. Día 10





El diario de Asterión.
Un minotauro en su laberinto.
Día 10.
Por: Martín Licona.






Querido Eros: 

Estoy muriendo, pequeño. La vida se escurre de mis manos como la arena del mar que no podrás conocer conmigo. Perdóname hijo, perdona que solo haya salido de mi encierro para morir, perdona el abandono pero no tuve la fuerza suficiente como para permanecer a tu lado. No pude ser tan egoísta como para abandonar la lucha y dedicarme a ti. Maldigo la falta de egoísmo, luché querido mío, luché contra todos para que tú pudieras ser feliz mañana, para que los hijos, que algún día tendrás, puedan vivir libres y felices, dos adjetivos que en esta sociedad son solamente imaginarios. ¿Cómo podría yo verte a los ojos, a tus hermosos ojos grandes que tanto amo, si no hubiera luchado? Yo, pequeño, moriré con la frente en alto y sé que algún día te sentirás orgulloso de mí. Solo lamento las noches que me perdí a tu lado, los cuentos que no te leeré antes de dormir, no tener más días para embarrarnos en el lodo como aquella vez que tu madre nos regañó. No pude enseñarte a leer, ni a escribir y jamás podré darte un consejo cuando te agobien los problemas, querido mío, lo que más deseo es abrazarte de nuevo y ahora abrazo el viento y esta muerte que por misericordia me regala solo unos minutos. ¿Recuerdas a que sabía la tarde cuando caminábamos de la mano y comiendo algún helado? ¿Recuerdas cuando algo te espantaba y te colgabas de mi pierna pidiéndome que te subiera a mí, porque pensabas que en mi abrazo nada te pasaría, lo recuerdas hijo mío? Yo lo recuerdo a cada instante, recuerdo tu risa de travesura y los berrinches con tu madre, te recuerdo alma mía, te recuerdo tanto que me duele la fantasía de tenerte y no tenerte. 

Solo quiero que entiendas, amado Eros, que en mi lucha –quizá absurda- siempre estuviste tú, que no hay paso que yo haya dado que no sea pensando en ti, que cada éxito, cada peldaño escalado, cada logro fueron siempre dedicados a ti. No podía permitirlo, no podía permitir que crecieras en un mundo vacío y sin sentido, en un mundo donde el hambre se cuelga de las ventanas de cada casa, donde la injusticia se tiende diario a tomar el sol, donde el hombre no es hombre sino arrebata algo, sino roba, sino domina a otro hombre. El mundo no estaba preparado para tu bella llegada, ni para tu eterna sonrisa que encantaba, ni para el asombro de tus ojos; en este mundo no merecía crecer tu inocencia. Yo quise cambiarlo, yo quise que el amor fuera la norma, que no nos jodieran siempre los mismos, que tuvieran los nunca han tenido. Yo quise hacer para ti un mundo donde todos los mundos pudieran convivir, donde el hambre no mate y el rico no sea cada día más rico, un mundo sin mujeres hechas mercancía, un mundo de respeto a ideales distintos, un mundo con personas que vuelan y no de personas que se arrastran por unas monedas. Un mundo alejado de esa idea voraz de consumir y tener a destajo. No lo logré, hijo mío, no pude hacerlo, ellos me encontraron primero, pusieron sus botas sucias sobre mi rostro, me arrastraron por las calles empedradas, quisieron a golpes sacar mis ideales para que me convirtiera en uno de ellos, pero ellos tampoco pudieron, hijo, molieron a palos los dedos de mis pies, tumbaron todos mis dientes, me dejaron casi inservible el ojo derecho, pero jamás lograron de mí lo que quería, jamás lograron que implorara perdón por pensar como pienso, por creer en lo que creo, jamás les di información, jamás imploré que dejaran de golpearme porque mi único dolor es no tenerte, y ese dolor me mató hace ya muchos años. ¿Qué más podían hacerme, si al separarme de ti me quitaron todo? 

Hijo, tendrás que crecer sin mí y yo moriré sin volver a escuchar de tu voz un: Te amo, papá. No pude más que dejarte estas hojas que espero lleguen a tus manos y darte un consejo que valdrá por todas las platicas que no tendremos, por todas las noches que no te arroparé, por todos lo besos en la frente que te debo, por los pasteles que no comeremos juntos, por todas las veces que no podré patear la pelota contigo. Hijo mío, vivimos en un mundo lleno de prisiones, enjaulados trinamos y morimos, definimos nuestro mundo y lo acotamos según nos pague la conveniencia. Es mucho más fácil acostumbrarse a la prisión que intentar salir de ella; la adornamos, la pintamos y la acondicionamos para creer que esto es el mundo. Nos acostamos sufriendo y diciéndonos en cada rezo que este lugar es nuestro, que no merecemos más, que aquí somos libres, que volamos aunque sea de pared a pared. Nada más triste que ver a un ser humano con las manos mutiladas, la boca cosida y un par de alas enmohecidas porque el mundo, el mundo que ha elegido para que sea suyo, le convenció de no volar, le menguó sus sueños y cree ahora que esa cárcel es su hogar. Todos estamos presos, hijo, todos vivimos prisioneros de enfermedades, nuestras y ajenas, somos esclavos de trabajos sin sonrisas, de llantos crónicos, de soledades sufridas, de adjetivos en boca de otros, de tristezas y alegrías. Nos creemos libres o nos asumimos presos, y en el espejismo que ellos han creado, pensamos que volamos y terminamos amando la prisión, abandonando nuestros sueños, desplumando nuestras alas para arrastrarnos como gusanos en un cuarto sin sol. Por eso es importante soñar con un mundo mejor, sueña hijo mío, sueña que puedes lograrlo. Ese sueño significa luchar, partirse, desangrarse con espinas que adornan la comodidad, chocar con pared mil veces, parirse sin miedos, naufragar por noches desgarradas, correr, quemarse, dolerse, calcinarse, arrepentirse, morir mil veces la misma muerte hasta renacer, hasta que solo quede el cansancio, pero créeme hijo, vale la pena soñar. Que no te hagan creer que estás loco, hijo mío, locos son los que se quedan viendo al mundo derrumbarse sin hacer nada.  Locos no son los que vuelan, sino los que no se atreve a usar sus alas, los que poco a poco se olvidan de volar. Hijo mío, descubre tu magnificencia, acaricia tu rostro que tanto ha llorado por no encontrar más la caricia de su padre, mueve un poco las manos; arriba, abajo, siente el aire cortando tus dedos, ríe hijo, ríe como sabes hacerlo, dota de ternura cada paso que das. Vuela hijo, dobla un poco las rodillas, sincroniza tu respiración con el ritmo del mundo, cierra los ojos, mueve más rápido tus manos, cada vez más, siente como te elevas, siente las alas que no sabías que tenías y cuando una luz se asome, corre hijo, corre y aférrate a esa luz,  llénate de ella. La vida es hermosa, Eros, no dejes que nadie te convenza de lo contrario, que nadie cierre la puerta del dolor ajeno, que nadie apague tu luz, la luz de tus ojos negros, que nadie mate tu inocencia, que nadie robe tu sonrisa eterna. Cuando encuentres tu luz corre hacia ella, no dejes que se apague, corre con todas las fuerzas que te tienes y levanta el vuelo. Vuela, hijo, vuela y en el viento encuentra mi cariño. 

Todo empezó con la sorpresa de verte llegar, ahí empezó mi vida y el azar tejió nuestro destino. Todo acabó cuando me separaron de ti, cuando no pude verte más. Es hora de morir, hijo mío, y en ofrenda te entrego mi amor, mi vida. Ahora comprendo el silencio del mundo, el dolor de esta era. Solo hay silencio aquí, me toca olvidar lo que mi memoria guardó hasta hoy, otra vez voy en camino a ser parte del todo, me abandona la fuerza, la luz… Hay un ángel amarillo a mi lado, me besa y me abraza, es el canario que visitaba mi celda, aquí está... mi leyenda se convertirá en amor, mi vida en polvo, ahora comprendo… yo soy ese canario y ese canario eras tú… juntos de nuevo, Eros… te am…

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