En un rincón de mi alma // ¿De quién es la casa?








¿De quién es la casa?
Por: Martín Licona.












Mi siempre estimada, le hago llegar estas letras que en reclamo absurdo me pidieron ser leídas por usted, solo usted, así como si esta historia tuviera en su génesis el nombre que porta tan bien o las huellas digitales de sus ojos. Por ello le cuento desde lejos que hace años leí “Casa tomada” de Julio Cortázar. En aquel tiempo me resultó impensable la sensación de desalojo de tu hogar, un desalojo forzado, una vida que se cuela dentro del mundo donde la vida se desarrolla. Ahora lo entiendo perfectamente. Debo contarle la historia.

Todo sucedió de noche, como suceden las cosas importantes. Había yo llegado a mi hogar; ese resguardo de viejas murallas donde la humedad toma paredes y las que ha dejado las he tomado yo con mis pinturas. Sucedió entonces que hay muchas cosas que uno no sabe y  que tiene que aprender cuando vive solo. Yo, por ejemplo, no sabía que la muerte perdura y provoca vida, que el final no es el final, que no desapareces cuando mueres. Un hueso ha sido para mí siempre un hueso, un cacho de vida arrebatada que no tiene la mayor importancia. Resulta, que un hueso es un rastro de vida y no un pedazo de muerte. El cadáver de aquellas bolitas amarillas que realmente son blancas -las de patitas de tridente y alas que no vuelan lejos- es un generador inmejorable de vida. Yo, distraído como soy, dejé un cadáver encerrado en una bolsa de plástico negro -No, no haga esa cara de asco, es normal que las gente piense que de facto al tirar algo a la basura, ese algo espera a que pase el camión que la recoge. Pensamos que la muerte es inmóvil, una pausa de la vida y que su trascurrir en el bote de la basura no causará efecto alguno en el devenir del universo- y ahí se quedó durante el fin de semana. Como le dije antes, al vivir solo he ido descubriendo misterios de la vida y del hogar, por ejemplo: ahora sé que la pasta de dientes no es un río espeso que corre inagotable dentro de un tubo y que ese tubo no se puede aplastar por donde quiera. Pensaba que ese tubo siempre escupía un río. También he descubierto que no existe un duende cambia papel. Antes, cuando vivía en casa de mis padres, el papel higiénico siempre aparecía de la nada, como si existirá un duende cambia papeles que de noche besaba la frente de sus pequeños antes de salir de casa y  que caminaba por las calles; oscuras y frías, fumando un cigarro sin filtro mientras apretaba las manos dentro de su saco. Todo para llegar hasta mi baño en donde iniciaba el trabajo de cambiar el papel y acomodarlo de nuevo, como quien cambia las bombillas gigantes del alumbrado, y así al llegar el día me sentara frente a ese rollo de papel y tomara cuando necesitaba solo con estirar mi mano y cortar. Ahora sé que las cosas no funcionan así. 


Uno no puede saber cuánto es el tiempo de embarazo de la muerte para dar nueva vida, nunca pensé que un par de días bastaran. Así fue, al entrar a mi casa me di cuenta que dentro de ella había un carnaval de vida. Entorno a esa hoguera que era la bolsa negra de plástico, se entonaban canticos paganos, un chivo de oro era el hueso rancio que mal hice en dejar ahí. 

Debe saber usted, muñequilla de trapo, que he heredado de mis ancestros el odio hacia las moscas -uno no elije sus herencias- y este odio ha pasado de generación en generación. Me he entrenado en el arte de asesinar moscas -Sí, sé que ahora sus ojos de canicas se abren grandes ante la sorpresa, pero no me juzgue de vil asesino, le pido en amnistía que no tenga esa imagen de mí. Le aseguro que al terminar la historia, usted me entenderá-. Que crueldad aquello de las moscas; he matado cientos, quizá miles. En las madrugadas cuando escribo, cada determinado tiempo me levanto a buscarlas y con arma en mano les doy fin violentamente. Las jóvenes son imprudentes, esas hay que matarlas al vuelo porque te retan, chocan en tu cara y alcanzan gran velocidad. Las viejas duermen siempre cerca de la luz y están tan distraídas que se les puede matar con un beso. Tengo la cruel costumbre de dejar sus cadáveres en el sito del asesinato, abandonarlas ahí y regresar de vez en cuando a darles un golpe más. Me aseguro de no haber sido engañado, las mato sobre su muerte para no errar. No está bien lo que hago pero lo hago muy bien.

Llegué esa noche y el espasmo me recorrió el cuerpo. Me recordó aquella sensación tan vacilante, como cuando uno se da cuenta que está apunto de pisar un pájaro muerto en la calle. Había sobre la bolsa un sacerdote, un marakame o un chamán, alguien que presidía el rito. Era grande, llevaba una túnica café, casi una armadura. De sus ojos laterales salían una especie de cuernos delgados, casi antenas de televisión. En derredor se encontraban moscas-helicópteros peinando la zona y obreros en filas interminables que desaparecían en un río debajo de mi puerta -yo sé que usted no vive este tipo de cosas y quizá el estómago se le ha revuelto mientras lee esta carta. De antemano le pido disculpas. Yo sé que en el principado de sus rizos solo hay colinas de tréboles y que ahora, cabalgando al lomo de un oso, se asusta del terrible mundo que le presento- Tenía que hacer algo, y hacerlo ya.

Las moscas-helicóptero advirtieron mi presencia. Eran quizá 5 o 6 que de inmediato se dispersaron para cubrir distintos flancos. Alguna se atrevió a probarme, a retarme para saber hasta donde era yo capaz de llegar, similar a aquel peladillo que existe en todo barrio, el que avienta el pecho y finta mientras insulta, buscando un distractor para atacar. Me quedé inmóvil, tragándome aquel asqueroso sonido. Debe usted saber que dentro de mí hay una llama que pretendo tener a fuego lento. Aquella flama cuando es controlada puede ser casi como una vela romántica en la oscuridad de la noche. Cuando el amor calmo la alimenta, puede ser también hoguera cálida de chimenea, ideal para cobijar el romance. Pero… cuando esta flama se intoxica de rencor, cuando el dolor o el miedo son el combustible… el incendio descontrolado es inevitable. Ese incendio se desató. Corrí a mi estudio, tomé lo que estaba a la mano pensando que podría servirme de armamento. Tomé un retrato de mi madre que después de pensarlo por segundos decidí mejor dejarlo de nuevo en su lugar, tomé algunos cuadernos y los hojeé brevemente para catalogar su importancia. Sabía que la batalla sería dura y que las perdidas serían inevitables. Poesía vieja, poesía de adolecente enamorado del dolor, exacerbado en alcohol, poemas suicidas de un joven que perdió a su amor, todo ello se encontraba en el cuaderno que fue sacrificado. Me pareció una buena apuesta, un dos por uno, me deshacía de aquel poeta maldito que fui en mi adolescencia y de paso mataba a los seres que habían tomado mi casa.

Aparecí por el marco del pasillo que conecta mi estudio con la sala, atravesé la sala mientras iba enrollando el cuaderno, cuanto más me iba acercando a la cocina el sonido de las moscas iba recobrando fuerza. Llegué y ya me esperaban.

Una mosca me recibió con un ataque certero cerca de mi oído, llegó casi hasta mi tímpano, soltó ahí la bomba de su desagradable sonido y subió en vertical para retomar su posición de combate.  Una mosca más hacía las veces de tambor de guerra, se paseaba por el ancho de la ventana y se estrellaba constantemente: “tsssssss… pum… tssssss… pum….tsssss… pum…” hipnótico canto de guerra que junto con el ataque a mi oído hicieron que se me doblaran las piernas y dejara caer mi arma que rodó por el suelo hasta desaparecer debajo del mueble donde se guardan los trastos. Ahí me encontré, casi desnudo e indefenso, ante un ecosistema que nace en la muerte y reclama su vida. Se burlaron de mí, me vieron la cara, todas las moscas volaban  al mismo tiempo, el marakame-cucaracha de caparazón café alisaba sus antenas, el río de obreros pasaba sin ni siquiera mirarme. La casa ahora era de ellos, yo era el intruso.

El apagador de la cocina estaba dentro del territorio tomado por esta insurrección que me había vuelto un extranjero en mi propio hogar. Por la ventana llegaba algo de luz proveniente del departamento de enfrente. Pensé que debía recuperar mi arma y acabar de una vez por todas con todo esto. Miré el piso -Nunca había estado tan lejano, tan tenebroso, tan oscuro- me agaché lentamente, fui victimas de otro ataque que me hizo terminar mi recorrido hacia el piso de manera contundente, aterrizando de golpe con mis rodillas. Vi aquella caverna por donde se había ido mi armamento. La vi oscura, profunda, tuve miedo de encontrar algo debajo de ese mueble, la sensación fue similar a la que sentía cuando, por asegurarme que no hubiera ningún monstruo o payaso, me asomaba con la cabeza colgando a ese oscuro mundo de debajo de mi cama. Yo ya no tenía control sobre mi casa ni sobre la vida que se desarrollaba dentro de ella. No podía estar seguro de lo que iba a encontrar bajo ese mueble. ¿Qué tal que ahí se escondía mi peor enemigo, mi némesis, mi martirio, aquella espeluznante gota peluda de orejas grandes, bigotes mal recortados y cola larga y pelona? Me tragué el miedo, y esperando que de las sombras no saliera lo que imaginé, metí la mano con recelo pidiendo a los dioses que aquella mano no encontrara nada peludo o viscoso. Ahí estaba, y el primer contacto me asusto, luego sentí la forma; era mi arma.

Toqué la trompeta de la retirada y ya con el arma recuperada me escondí de  nuevo en mi estudio. Me dejé caer sobre el sillón, dejé que el miedo y el exabrupto pasaran, recuperé poco a poco la respiración. Era momento de pensar, de no actuar como un cavernícola sujetando un garrote. Después de todo, el humano ahí era yo, el legítimo instrumento del intelecto milenario. Si hay algo que las moscas no pueden evadir es una propuesta de libertad, a ellas les encanta la libertad, tomando en cuenta su corta vida, ellas pocas veces le dicen que no a una ventana abierta, entran a las casas, destruyen el silencio, se golpean con tres o cuatro paredes, buscan calentarse las manitas cerca de un foco -como los vagabundos en torno a un bote encendido de basura- y después se van, no rechazan nunca la oferta de la libertad. Aunque si la ventana o la puerta no se cierran, es común que regresen y se vayan a su antojo -como aquel amor de la adolescencia que entre su “quedarse” e “irse” me destrozó el corazón y me inspiró a escribir más de cien poemas trágicos que ahora están enrollados en mis manos dispuestos a matar moscas-. Lo pensé bien, reconstruí el mapa de mi casa en la mente, era posible sortear la cocina y salir. Ya estando afuera con un poco de esfuerzo y metiendo los dedos con habilidad podría abrir las ventanas de la cocina desde fuera. Inhalé y emprendí mi segunda ofensiva.

Efectivamente pude abrir las ventadas desde fuera, vi de inmediato que una mosca cayó en esa bella trampa que llamamos: “libertad”. Sin embargo no era suficiente con el desalojo de uno solo de mis enemigos. Regresé a la cocina y solté ataques brutales encaminados a que las moscas olieran el aire puro de aquella noche de una primavera casi invernal. Fueron quizá tres las que salieron, y otras cuatro las que maté -dos de ellas cayeron al vuelo, como me gusta-. Algunas más escaparon y se refugiaron en otros rincones de mi casa, de ellas me encargaría más tarde. Cerré las ventanas para evitar que regresaran con refuerzos. Era hora de encargarme de los demás invitados inoportunos. De un golpe maté al marakame-cucaracha, no me fue fácil, el asco que le tenía era su mejor arma. Yo no sabía que clases de poderes tendría aquel animal sereno que parecía custodiar la reliquia de aquel hueso de pollo. Por un momento pensé que tal vez estaba tranquilo porque, sin que yo lo supiera, él había dejado en mí una maldición y que al despertar al día siguiente me encontraría convertido en un insecto como él; panza arriba y sin poder voltearme. Quizá Gregorio Samsa también dejó en su cocina un hueso de pollo y encontró todo un ecosistema al cual le dio muerte, por eso tras el sueño agitado recibió la maldición de un marakame-cucaracha. Me encargué después de la clase obrera, prendí el interruptor y declaré que se hiciera el día dentro de mi cocina. Tomé una escoba y barrí aquel río de huelguistas hormigas que quería que les reconociera sus derechos. Las eché fuera de varios golpes y utilizando la fuerza de mi escoba, logré que salieran de mi casa. Puse entonces un infalible remedio para que no regresaran: eché una cubetada de agua en la entrada. Las obreras que se negaban a abandonar mi espacio terminaron yéndose en un torbellino por la coladera del patio. Tomé aquella bolsa del mal, el olor es inenarrable, hice un nudo en la bolsa y otros en el estómago y nariz para no vomitar. Salí de mi casa, en la esquina hay siempre un bote de basura. Ahí alguien, al otro día, encontrará una sorpresa desagradable. Mi casa había vuelto a ser mi casa… o eso creía.

Ya saboreando mi victoria, volví a mi estudio dispuesto a escribir en un correo la historia y mandarlo a un conejo que habita un sombrero y al cual le cuento periódicamente la anécdota de mi vida. Sin embargo la felicidad dura lo que tarda en llegar el desencanto, que comúnmente suele venir corriendo. Un ruido se fue acercando, con tan solo sentir como crecía me pude dar cuenta de la ruta que tomó: partió de las jaulas para changos hechos de coco que están incrustadas en la pared de la sala, justo arriba de la televisión. Se paseó por mi autorretrato que adorna -o estropea- una pared. Ahí estoy seguro que se detuvo, quizá miró mis ojos en aquel dibujo, quizá me retó y maldijo, estoy seguro que se posó en mi sien, como anticipando el hecho. Retomó camino por el pasillo, esquivó un par de telarañas que están ahí como trampas para resguardar la entrada a mi santuario, son el dragón de mi castillo. Llegó hasta donde yo estaba.

Nunca en mi vida había escuchado tal estruendo, nunca había escuchado el rugir de una mosca que viaja en un monstertruck. La desesperación me invadió, escuchaba el rugir de esa fiera pero no podía verla, era tal su velocidad que no podía seguirla con la mirada pero por el tremendo ruido que emitía sabía que no era por falta de tamaño que mi vista no la encontrara. A los pocos segundos de su arribo llegó otra más, una mosca grande y musculosa pero más lenta y con el motor sin aceitar. Parecía ser la aprendiz de la mosca-monstertruck, la seguía con torpeza y se paraba junto a ella. A las moscas no les gusta la competencia, si en su hermoso principado existieran las moscas, usted se daría cuenta que no les gusta estar cerca de otras moscas, en cuando dos moscas se encuentran cerca empiezan a atacarse en combinación de ganchos, jab´s y volados de izquierda. Pero este par de moscas eran diferentes, había complicidad, camaradería. Eran un equipo con una sola misión… derrotarme.

El ruido era escalofriante, mis golpes iban sin sentido tratando de cazar por azar a alguna de la dos. No se detenían, volaban y volaban, se acercaban a mí, se alejaban y yo dando palos con mis poemas como el niño que con ojos vendados y mareado intenta golpear una piñata diminuta. Sudaba y mis oídos empezaban a doler, ellas andaban en círculos, a veces pasándose a mi recamara, a veces regresando a la sala. Mi casa, de nueva cuenta, dejó de ser mi casa. Hubo un momento en que ambas moscas se detuvieron a cargar gasolina cerca de la máquina de coser que utilizo para tejer mis historias. Ahí quedaron las dos, juntas, cuidándose, rellenando energía. Las vi a lo lejos y me acerqué con sigilo, las pude ver de cerca. Muñequilla de trapo, puedo decirle que esas moscas eran malas, llevaban chamarras de cuero verde tornasol, lentes oscuros y enormes, tenían tatuajes y perforaciones. La mosca-monstertruck incluso tenía el pelo largo. De un golpe no podía matarlas a las dos, así que tenía que elegir matar a una. Evidentemente mi elección fue matar a la mosca-monstertruck. Llevé para atrás mi mano, tomé impulso, centré mi mirada en su verde chaqueta de cuero, solté el golpe… sentí el viento resistiendo mi ataque, vi de reojo como la mosca-aprendiz levantó el vuelo y le gritó a su líder: “tsss tsssssss” -me imagino que en el idioma mosca ese sonido debe significar: “cuidado, amiga”- la mosca-monstertruck reaccionó a tiempo, fallé.

Vinieron minutos de tensión, la desesperación que sentía ya era incontrolable, me paseaba de un lado a otro de la casa dando golpes al viento, ya sin ningún sentido, debilitado, casi moribundo, como un boxeador que en el último round va perdiendo la pelea y sabe que su única posibilidad se encuentra en atinar un golpe mortal. Entonces sucedió, se separaron, dejaron su alianza por un momento. La mosca-aprendiz se detuvo en un gajo naranja de la pared de mi estudio, la mosca-monstertruck siguió de largo hasta mi recamara. Ahí la tenía, era mía, era mi momento. Apunté mis poemas y dejé caer todo el peso de mis letras sobre de ella. Aquella rudeza quedó esparcida en una mancha sobre la pared. Me quedé inmóvil viendo como poco a poco por física simple el cuerpo de aquel ser se desprendía lentamente de la pared y como la hoja de un árbol en otoño, cayó inevitablemente hacia el abismo -Puedo imaginar que para estos momentos usted se ha quedado sin uñas que morder. Le ruego no empiece a jalar las tripas de estambre que tiene como cabello, mi relato se acerca al final y ahí encontrará el hecho que dio origen a esta narración-. La victoria siempre alienta, ahora sabía que aquella guerra que inició en la cocina, se había reducido a un duelo individual, un frente a frente. Era momento de arriesgarlo todo. Tomé otro cuaderno, esta vez escogí uno donde solía escribir los sueños que recordaba al despertar. Así entré a mi recamara, con mirada decidida y desafiante, con un arma en cada mano, con la determinación de matar a mi enemiga, costara lo que costara. Ya no la esperaría en una habitación, ya no mantendría la guerra en el lugar que menos daño puede causar. Esta vez el escenario sería el mundo y el mundo sería cada rincón de mi casa, cada cuarto. Era mi turno, la verdadera guerra acababa de empezar.

Me abalancé sobre de ella, tirando golpes furibundos y el primer daño colateral no tardó en aparecer. Un plato que dejé en el tocador de mi cuarto vio como sus días de sujetar lagos de cereal con leche terminarían al estrellarse contra el suelo y partirse en mil pedazos. Aquella vajilla, que en ese momento dormitaba en la alacena, se quedaría esperando para siempre el regreso de un miembro de la familia. Siguieron las pérdidas apareciendo en cada rincón de mi casa; en el comedor una pareja de vasos enamorados cayó al piso quebrándose en pedacitos, y si de consuelo les sirve a los románticos podrán decir que los restos de él se confundieron con los de ella y viceversa, hechos pequeños cristales aquellos enamorados al fin fueron un solo ser. En la cocina un cenicero que estaba a punto de jubilarse como recolector de ceniza también acabó pagando los estragos de la guerra. En mi estudio se vivieron los peores daños, una mesa que nació para dar hogar a una computadora pero que en realidad trabajaba de ilegal en el  contrabando de papeles, documentos y revistas viejas, se vino abajo tras el doble impacto que recibió. Además, las persianas que servían de puerta hacia el mundo, también se derrumbaron tras un bombardeo en la zona, dañando el área limítrofe de la ventana y exponiéndose a que las migrantes miradas de vecinos crucen la frontera de mi intimidad. Cómo usted se dará cuenta, en la guerra, nadie gana.

Le pido tenga discreción en lo que estoy a punto de narrarle -sé que quizá la única persona que podría creer lo que en seguida le diré, es usted y por ello mis letras han elegido vaciarse en sus ojos, plantar en su mente una imagen que usted terminará de construir allá en el maravilloso principado donde le despierta el sol. Y es que vivir en aquel principado de osos, a los cuales les estrecha la mano e inclusive les deja que, con los cojincitos de debajo de sus garras, le acaricien las mejillas, ha provocado en usted una apertura mental tan amplia como para creer en lo estoy a punto de contarle-. ¿Piensa o ha pensado alguna vez que los animales sienten empatía o enojo por otros de su especie? Pues yo no creía que eso fuera posible, no imaginaba a un león vegetariano porque se hizo amigo de una cebra, pero aquella mosca-monstertruck se enojó al encontrar el cadáver de su aprendiz, sí, se enojó, yo sentí su enojo, su furia. Así es, como casualidad del destino la mosca-monstertruck decidió tomar un descanso cerca del cadáver de su amiga. Yo vi con asombro la escena, con tal asombro que por un instante abandoné la lucha y me entregué al momento. Vi clarito como se acercó temerosa y descontrolada al cadáver hecho trisas, le rodeó como reconociendo a su amiga, sobrevoló a unos centímetros del suelo el área, regresó junto al cadáver, se talló los ojos y golpeó un par de veces su cabeza como quien se niega a creer en lo que está viendo. Hasta la entrada de mi cuarto, donde yo estaba, escuché el grito desgarrador de aquella mosca que perdió a su amiga, ella gritó: ¡Tsssss… tssss! -qué seguro en su idioma mosca, quiere decir: ¡Malditos!-. Levantó entonces su vuelo y con una furia descomunal se dirigió directo a mí. Me golpeó, se fue a estampar como kamikaze justo en mi frente. Fue aterrador, yo la vi acercarse a mí, trayendo consigo ese espeluznante sonido. Vi su gesto de rencor, vi tras sus lentes oscuros unos ojos llorosos que clamaban justicia. Me quedé estupefacto, no pude moverme para evitar el embate, el golpe en la frente fue el menor daño y el mayor de los daños no lo produjo el sonido de su motor tan cerca de mi oído. Lo que realmente me lastimó fue ver la mirada de aquel monstruo, mirándome como si yo fuera el monstruo. Después de golpearme, la mosca-monstertruck, siguió en un vuelo enloquecido y descontrolado por mi habitación. Mis manos, que apretaban con fuerza mis cuadernos, se abrieron lentamente y los dejaron caer. Sin armas la mosca volaba cerca de mí, minando la poca resistencia que me quedaba. Terminé por rendirme. Me dejé caer en mi cama mientras la mosca-monstertruck, hinchada por la adrenalina, continuaba sobrevolándome ferozmente. No soportaba más ese ruido, esa invasión, esa mirada de la mosca-monstertruck tan llena de asco y de rencor, esa mirada que se repetía una y otra vez en mi cabeza, taladrándola al igual que su motor a mis oídos. Rodeé mi cabeza con mi almohada, me encogí lo más que pude y me encerré en las cobijas. Me auto sepulté. En ese momento en el que estuve en mi muerte y en mi derrota, sentí unas enormes ganas de llorar, de gritar, de maldecir hasta quedarme dormido e imaginar que al despertar me daría cuenta que todo había sido un mal sueño, que ese hueso no se quedó ahí, que la muerte no se embaraza de vida, que es verdad que existe un duende cambia papel, que las moscas son mudas, que los vasos enamorados se casaron, que mis persianas siguen siendo infranqueables para miradas de vecinos, que yo no soy un monstruo y que aquella casa donde habito es únicamente mía. Y sucedió entonces que llegó el silencio, que la calma volvió. Mientras iba yo naciendo por entre mis cobijas pensé que sí, que realmente todo había sido un sueño y que al ver la luz me daría cuenta que todo estaba en orden -o en mi desorden ordenado- tal cual lo dejé antes del fin de semana. Sin embargo lo primero que vi fue el cadáver del plato en mi cuarto. No, esto no fue un sueño. ¿Entonces por qué el silencio? De inmediato pensé que la mosca-monstertruck había escapado. Me levanté de la cama a buscarla esperando no encontrarla nunca más. Pero ahí estaba, tomando un descanso, meditando quizá la pérdida o tomando una soda, pero ahí estaba descansando sobre el espejo de mi tocador. Pensé que era mi momento, que tenía que acabar con todo y recomenzar. Si ya me veía como un monstruo, entonces trataría de ser el mejor y más tirano monstruo. Vi mis cuadernos tirados, sabía que no tendría otra oportunidad, que cada movimiento que hiciera tendría que ser sumamente delicado, frágil, imperceptible. Me acerqué casi a gatas a los cuadernos, ahora la primer decisión que tendría que tomar ¿Con cuál de los dos cuadernos matarla? ¿Sería pertinente matar a la mosca-monstertruck con mis sueños o con mis poemas de adolecente? Por una cuestión romántica elegí el cuaderno de los poemas, después de todo para algo debería de servir tanto dolor que me dejó esa mujer. Me levanté con la delicadeza de un gato que se asoma por el tejado, estaba a punto de tirar un golpe fuerte, certero. Sabía perfectamente que el golpe podría romper mi espejo, no me importó, estaba dispuesto a pagar cada uno de los siete años de mala suerte con tal de que esto acabara de una vez. Era el momento, respiré profundo, resé a los dioses en los que no creo y… me vio, la mosca-monstertruck me vio, lanzó sus ojos al cráneo y me vio. Yo la vi, la vi que me miró y se derrumbó todo en mí.

¿Usted cree en los milagros? ¿Qué dioses venera allá en su paraíso? Yo no creía en milagros pero después de todo este embrollo creo que la muerte natural es un milagro. Aquella mosca-monstertruck levantó el vuelo al mirarme y descubrir mis intenciones, sin embargo, su vuelo no fue el mismo, ese motor ya no rugía con la furia con la que lo hacía minutos atrás, la velocidad ya no era igual, perfectamente podía seguirla con la mirada, además, su vuelo era desorientado; accidentado. La seguí con mi mirada, ella se dirigió a mi estudio, ya no volaba alto como antes, ya no raspaba el techo, ahora volaba a media altura y zigzagueante como si este episodio hubiese sucedido un viernes por la noche y mi espejo hubiese sido una cantina y aquella mosca hubiese regresado borracha a su casa. Yo la vi perder la estabilidad, la vi levantarse alto, casi hasta tocar el cielo y después… la vi caer como si del cielo hubiesen dejado caer una pluma. Se mecía en el aire; suave y delicada. Cayó sin ninguna rudeza, casi puedo asegurar que cayó parada y una vez en el suelo, murió.

Quiero creer que fue una casualidad que cayera a unos centímetros del cadáver de su mosca-aprendiz o de lo contario tendría que empezar a creer en el amor entre moscas. Evidentemente quedé conmovido, de mis ojos se escapó una rodaja de sentimiento que refrescó mi mejilla. Me acerqué al lugar donde habían quedado los cadáveres de mis dos más grandes enemigas. Miré sus cuerpos inertes y el silencio poco a poco se fue acostumbrando de nuevo a esta casa. Esas moscas merecían un entierro digno, sus cuerpos no podían quedarse ahí, en el suelo, en el piso esperando a ser devoradas por una araña o echadas a la basura. Ellas combatieron con dignidad, con dignidad murieron y con dignidad debían ser enterradas. Entonces recordé a los valerosos vikingos o los romanos y sus barcos fúnebres con los que rendían honores a grandes guerreros y reyes. Improvisé en una cajita de cerillos un barco escandinavo, coloqué dentro de la caja los dos cadáveres. Humedecí la caja con alcohol, le dejé sumergida durante un tiempo considerable, mientras buscaba una tablita de triplay que se había quedado de las reparaciones. Cuando encontré la tablita la coloqué en el agua del escusado. Era una tabla pequeña que flotaba, apenas más grande que la caja de cerillos. Coloqué con cuidado el barco sobre la tablita y le prendí fuego, ahí se consumió por un momento hasta que el agua del retrete apagó el barco y lo hundió. Les di el último adiós a mis enemigas mientras le jalaba a la palanca para que el agua corriera. Me hubiera justado tener un cuarteto de moneditas para ponerlas en los grandes ojos de aquellas valerosas enemigas y así ellas pudieran pagar a Caronte el cover por bien morir.

Regresé atribulado a la sala de mi casa, me dejé caer sobre el sillón, puse a mis manos a sostenerme los cachetes. El silencio regresó, ese silencio que es más bien un vacío, la soledad de un asesino. ¿Ha visto, usted, a una mosca morir de causa natural? Sin duda es un espectáculo que te cimbra. De pronto aquello que durante horas intenté que pasara, pasó sin que yo tuviera que hacer nada. ¿No le parece que así es la vida, que de pronto nos obstinamos en que la vida pase de acuerdo a nuestros tiempos y no nos percatamos que ella tiene los propios y además tiene sus métodos que no son tan barbaros como los nuestros, y que sin nuestra intervención, las cosas que tienen que pasar terminan pasando? Yo he forzado tantas cerraduras en mi vida, he forzado la muerte o el nacimiento de tantas situaciones, rostros, sentimientos, recuerdos y milongas que en no pocos casos he apresado el curso sabio de la vida. Como paredes de rocas en un río, así vamos acotando la vida según nos pague la conveniencia. ¿Cree, usted, en el destino, en los encuentros; pasajeros o eternos, que nos presenta la ocasión? Yo creía poco, pero ahora entiendo que todo lo que pase en estos ojos y se pegue en mi memoria, terminará afectando el curso entero del universo y que no somos más que ese botín de circunstancias que nos va regalando el destino a cuenta gotas. Habría que pensarnos como una muerte próxima, como asustadizas moscas en busca de una ventana y rápido volamos, sin detenernos, sin disfrutar del vuelo y detrás de nosotros siempre hay un matador de sueños, un ogro al cual le molesta nuestro zumbido. Este mundo es una amalgama de incomprensiones y asperezas entre unos y otros. Creo que de ahí viene mi profundo odio hacia las moscas, me recuerdan tanto al ser humano y mi mala relación con ellas me recuerda las relaciones sociales que a diario construimos. Por eso creo que debemos celebrar las casualidades, los encuentros y dejar que la vida pase, detener un poco el vuelo, parar, respirar, sonreír y dejar que nos gane el sueño.

La casa era de nuevo mía. Me recosté sobre el sofá y respiré profundo aquella calma que bien me había ganado. De pronto, sin avisar, llegó un recordatorio de la vida a tocar mi puerta. El silencio fue roto por una orquesta de grillos que tocaba una sinfonía en la sala de conciertos del marco de mi puerta. Ahí llevan años dando conciertos nocturnos ¿Por qué a ellos no les he dado muerte? He alimentado un gobierno fascista y excluyente dentro de mi casa, privilegiando la aristocracia de grillos y una nobleza de arañas. La vida no es solo lo que nos gusta o lo que podemos controlar, la vida es aquello que pasa sin pedirnos permiso. Yo no supe ni sabré nunca que mientras luchaba con quienes creía mis enemigos, había en el marco de mi puerta grillos afinando sus instrumentos, arañas tejiendo hamacas para este tiempo de calor, lombrices jugando a las escondidas en la tierra de mis plantas, una rata guzgueando por la cañería, pegando sus orejas a la coladera del desagüe y preguntándose por qué tal alboroto dentro de la casa. La vida brota en cada rincón, y créame, no le interesa nuestra opinión. Por ello le pregunto a usted -Sí, a usted que es capaz de distinguir mil colores en un azul, a usted que del sueño de una nube teje dinosaurios, a usted que nada en letras, que se aburre pronto, que se distrae porque le parece más divertido su mundo que el nuestro que es tan gris y monótono. Usted es mi mejor opción-: ¿De quién es la casa?

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