Colecciones II - "Taza de café".








Colecciones II. Taza de café.
Por: Martín Licona. 











He dejado el rojo escueto de mi cuerpo dormido para hinchar mi cielo con las lunas que sostengo. He pasado del campo donde la lluvia se llevó mis sueños para llegar tendida  al lugar donde el sol secó mis primeras humedades. Vine de lejos para ti, para esperarte en cada mañana cuando tus ganas ya cansadas me reclaman. Llegas esclavo de tus años, de tu piel colgante, del saco de lágrimas bajo tus ojos. ¿Cuántos atardeceres te llevaste en esa mirada que se cansó de ver el mundo que no cambia?

Te sientas en la mesa de siempre, esperando encontrarme abierta y humeante para ti, para que tus labios me toquen, para tirarme en el colchón de tu boca y quemarte de amargura. Contemplas mi simple desnudez, te miras en mí, dejas que mi olor te escale y lo llevas aspirado hasta tu corazón donde el recuerdo revive las tardes del mar, del amor a manos llenas, de los rizos que amabas y dormitaban a tu lado. Tus manos, de lunares negros y de ríos inflamados, me sostienen la cintura, dos de tus dedos penetran la oreja que no escucha. Tu viento de nostalgia acerosa ondula al negro mar que soy.

Soy la juventud que te falta, la añoranza del ayer que se te fue en después. Pongo para ti mi infantil belleza, el calor de una flor que se despierta. Canto en tu pecho una caricia cuando me sorbes la vida. Te miro transparente ante la inclemencia de los años, derretida tu alma por un dolor que no cesa. Me toman tus manos y tiemblas, bebes el llanto de mi negro cuerpo martajado. Es para ti sangre nueva, torbellino de adictiva tranquilidad, marea que abre tus pupilas como ventanas al medio día. Un instante estás alegre, y me miras, y sonríes. Me depositas en tu boca y al fondo de mi cueva vas deshojando una luna blanca que se llena al tiempo que me acabas. Va también en ese tiempo el asalto a tu calma, la soledad que te viste, el andar cansado de un Quijote sin locura y la paciente agonía de quien espera lo que no llega. Ya no tienes a nadie y nadie te tiene, ves que la vida pasa y la muerte se olvidó de ti. Ahora me pareces un niño sentado a la puerta del colegio con la tarde huyendo y su madre que no llega, y me das tal ternura, que dejo en el fondo de la cueva moronitas de mí que abrazan, diluyéndose, las lágrimas que se te han caído. 

Vienen por mí y me alejan, me limpian para que otro me tome, pero a mí me gusta que me tomes tú, que tú me quites la vida y me dejes sólo en porcelana. Volverás mañana con la llaga de un nuevo día y tendrás mi olor a tierra mojada del trópico, a cielo constelado y otra vez te inundará mi sabor de beso primerizo, de noche en vela, de desnudo amanecer entre brazos. Te gusto fina y sin vestidos de azúcar ni de leche, te gusto natural y amarga… amarga como la vida.

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