Colecciones IV - "Espejo".








Colecciones IV “Espejo”.
Por Martín Licona.











Sólo existo cuando apareces y me miras, no soy en tu silencio ni en la lejanía de tus pasos. Nadie sabe más de tu cuerpo que yo, de tu piel que me prestas para jugar a la vida. Aquí te aguardo, en la tranquilidad de mis aguas que reflejan una ventana, desde aquí veo a los gorriones que en plena libertad se cansan de volar y reposan en tus tejas. Veo un sol diferente cada día, incendio de pasto azul cuando amanece, va trepando mi vista siempre fija hasta desaparecer. Las lunas traen tus pasos mientras la noche comienza a morir, llegas con la mirada caída al suelo y escurre tu cara de una lluvia que huele a tristeza mientras te quitas los tacones altos que te han dejado lagos encendidos en los pies. 

Vienes frente a mí y cobro vida para abrazarte, una sonrisa destruida nace en tu rostro y suavemente secas la pintura escurrida de tus ojos. Yo te sigo en cada movimiento, me dueles y me calmas en cada caricia a mi cuerpo que es el tuyo. Con suavidad te desenfundas del vestido blanco y entallado que ciñe tu cuerpo, con la delicadeza y ternura que no logró ninguno de los doce lobos que pagaron por verte oveja. Cae lentamente al suelo por tus piernas largas y delgadas, y en las mías notas los lunares de sangre coagulada, rasguños rojos, árida resequedad de una flor en el desierto. 

Descuelgas a mi vista las dos rocas que tu pecho carga, las miras tiernamente y me acaricias acariciándote, limpiando los restos de hocicos jadeantes, de la enloquecida lujuria que profanó el íntimo pudor. Nos acercamos tanto que una nube empaña nuestros labios, me miras mirándote con una ternura avergonzada que explota la mentira en una lágrima, pasas tu mano por mi rostro y te recibe mi planicie fría, sonrío cuando sonríes y arrojas tus labios a los míos en el único beso que diste esta noche. Tu frente descansa sobre la mía, como el cuerpo acorazado de dos amantes bajo las sabanas. Tanta soledad te deja la compañía y tan cansada te deja el asco que resbalas hasta el suelo, roída por el desgaste que te deja fingir cariño y placer. Yo te abrazo y acaricio tu pelo, tan pequeña me pareces, con tan pocas primaveras en tu andar que tu carita limpia desnuda la pretensión de ser una señora prematura. 

Te levantas e intentas reconstruirte mirándome, cerrando las ventanas que dejaron abiertas, durmiendo una grieta que emana luz, dejando que se caigan como hojas las lengüetadas que se pegaron como sanguijuelas en tu cuerpo. Sonríes de nuevo con esa tristeza tan honda y tan tuya, te acercas a mí con tus labios de tantos hombres y tan poco amor. Te besas besándome y duermes tranquila; soñando en arcoíris, unicornios y vuelos por nubes de sabores. Mientras te miro desde lejos, pensando: ¿Cuál de las dos es el reflejo?.

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