Instrucciones para deshojar un calendario.









Instrucciones para deshojar un calendario.
Por Martín Licona.









El tiempo es inquebrantable, uno piensa que lo puede detener encerrándolo  en la palma de la mano como si atrapara un mosquito, pero no, el tiempo se fuga de nuestras manos y narices para seguir, siempre incorruptible, su propio ritmo. Acaso una vez recuerdo haber tenido la sensación de detenerlo, fue entrada mi juventud cuando despacio me acerqué a los labios que amaba, un impacto suave, marea de carne húmeda, así callamos el tic-tac del reloj por un instante o eso creímos, aunque al abrir los ojos esos labios ya no eran míos y ahora divagan, quien sabe sobre que mares.

No hay opciones cuando del tiempo se habla, uno tiene que aprender a dejarlo ir y arrebatarle de su estela un suspiro, una caricia que nos diga que ha valido la pena esa flor que marchita jamás reverdecerá. Callados pasan los inviernos que dejan sobre nuestro cabello su nieve, las primaveras nos llenan de suaves recuerdos; de cuerpos encendidos y delirios de sombras sobre almohadas, la brisa del verano besa el anochecer de una falda y al otoño se caen las risas y los pliegues de la cara. Yo daría la luz de mis años por no ver pasar las nubes que ahora me cubren, porque volviera el árbol a ser roble y nunca verlo quebrar ni secarse. 

Sin embargo en el calendario los días siguen pasando y lo que miraba mi infancia se ha deteriorado con el tiempo, al horizonte le han brotado arrugas, hoy no es ayer. Por ello es imprescindible saber cambiar las papeletas de los calendarios y dejarse guiar como el viento por lo años. Tomé un día entre sus dedos y jálelo hacia usted, hágalo suyo con un suspiro y escuche como se quiebra de esa caja de días acumulados que son los años, sienta en el corazón aquel momento irrepetible que sólo acudirá en la memoria. Abrace a los suyos, sonría cuanto pueda, llore y estalle, que en esta vida nada se repite y todo es un constante buscar lo que no se encuentra, deje que el tiempo haga su labor y acompáñele como el humo al cigarro, siempre junto a él pero siempre intentando huir.  

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