La higuera








La higuera
Por Martín Licona










Terminó de mudarse unos días antes. El edificio era una gran caja rectangular de diez pisos que se replicaba de manera exacta en el edificio de enfrente, entre ellos había jardineras que corrían de un extremo al otro. En todos los departamentos ventanas muy grandes y cortinas gruesas que durante las mañana se cerraban herméticamente.

Él, siendo nuevo en el barrio, no reparó en los detalles hasta el domingo aquel. Tomando un baño sintió miradas incisivas que se colgaban de su cuerpo desnudo, las ventanas de todos los departamentos, en los dos edificios, estaban abiertas de par en par. Salió de la ducha rumbo al cuarto y tímidamente entreabrió las cortinas para ver lo que pasaba: todos miraban a su departamento. Todos estaban desnudos.

Una jauría de ojos lascivos presionaba para que él abriera las cortinas. Como espejo los habitantes de los dos edificios se miraban unos a otros. Como perros encerrados daban vueltas, se pegan al vidrio y babeaban. Se formaron tendederos invisibles entre ojos y desnudez, parecía aquello un ritual de exhibiciones.

Se sintió intimidado y no pudo acomodar la vista en una ventana, sus ojos deambulaba por todos los departamentos, apenas asomándose por entre las cortinas sin saber qué hacer. Justo enfrente; una señora de piel negra pegaba sus vencidos pechos al vidrio con la boca entreabierta dejando un labio escurrido, ansiosa por ser mirada. Debajo, dos mujeres rubias y suaves daban vueltas para observar la ventana del único departamento cerrado a su vista.

Dirigió sus ojos a la esquina superior donde, entre los pies de un hombre obeso y una mujer arrugada, había una niña de infantil gesto con el cuerpo joven derramado en la adultez, en la fuente brotante de las líneas curvas. Era la única que no ponía atención al espectáculo. Desnuda se sentó sobre sus rodillas para peinar una muñeca. La vio, entre el bullicio mudo del aquelarre, y sin darse cuenta, abrió la ventana y se dejó desnudo, uniéndose así al extraño rito.

Quitaron la atención de su ventana, al saberlo parte de ellos, todos continuaron con su rutina: la familia oriental se sentó a comer, la pareja de ancianos alimentó a sus pájaros, los niños jugaban o veían el televisor, señores leyendo el periódico, amas de casa cocinando y de vez en vez se detenían a mirar por las ventanas abiertas la desnudez del otro. Pasaron con calma las horas, hasta que la joven niña se levantó a mirar. Él no había podido quitarle los ojos de encima, se concentraba en sus manos que suavemente peinaban, en el doblez de sus piernas delgadas y en la curvatura de sus glúteos cobijándole los tobillos.

Ella se acercó curiosa a la ventana para ver al nuevo vecino que, no acostumbrado a la belleza, se perdió las horas en su piel desnuda. Se plantó tibia ante el cristal y un frío le escaló el pecho. Ya conocía aquel rostro barbado. Ya en sueños había sido mantel de sus besos e imaginaba arañarle con sus manos el pecho y los hombros para después llenarlo de gemidos. Ya en sueños había derramado su cuerpo de leche para que la abrazara con el viento y se perdieran en el intangible oleaje de dos cuerpos que se aman.

Al verlo desnudo en el edificio de enfrente; un foco que sobresale, una luciérnaga en un hormiguero, sus mejillas se ruborizaron y encaminó los ojos a su sexo, después a sus muslos que como peñas sostenía a ese hombre que la miraba incansablemente. Por primera vez se sintió desnuda, vulnerable, observada. En su juventud no encontró camino más que el llanto, apenas cubrió la fragilidad de su cuerpo en la cortina y de inmediato todos los vecinos la miraron, tal como lo miraban a él cuando no abría su ventana. No supo que hacer ante las miradas juiciosas, la presión de aquellos ojos que mordían, que la querían de nuevo desnuda. En el edificio de enfrente, el hombre de sus sueños también la miraba como uno más en esta locura. Pudo abrir los ojos y decidió no ser parte de este absurdo. Tomó la cortina como vestido para que nadie volviera a ver su íntima piel y saltó al vacío.

La reconoció al mirarla de frente. Sabía quién era ella. Ese rostro infantil, lúcido y hermoso, era el mismo que veía escondido y apenado en la esquila del salón. Aquella joven era la misma a la que le daba clases en la secundaria del barrio, la de calcetas blancas a medio subir, la del cabello en la cara y muslos delgados, a la que deseaba silenciosamente, aquel objeto oscuro que soñaba poseer, esa puerta al pecado, camino directo a la más profunda locura. Lo prohibido es prohibido sólo porque es deseable y él deseaba con todo su ímpetu arrancarle los restos de inocencia a esa cara constelada de pecas y alumbrada por dos ojos avellana. 

La vio saltar y caer cual si fuese una pluma, se mecía delicadamente de un lado a otro, como si el viento respetara su belleza y hubiese querido recostarla sobre el suelo. Parecía dormida hasta que estalló tan suave como una pompa de jabón. La tierra de las jardineras abrazó su cuerpo subiendo por sus pantorrillas como una manta que poco a poco la fue cubriendo toda. Sus manos alargadas se convirtieron en raíces a las que la tierra fue tragando, sus pechos y abdomen se ensancharon, se pusieron duros y corrugados. De su boca salieron ramas y de sus ojos un par de higos. 

Todo siguió como tiene que seguir. Cada domingo por la tarde las ventanas de esos dos edificios verdes se abren y la vida pasa en desnudos y miradas. Él participa de la rutina pero cada día se sienta un rato a la sombra de la abundante higuera; que con tantas hojas jamás se verá desnuda. Corta siempre un fruto y se lo come antes de dormir. Dice que esos higos le saben a besos.

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