La vida es sueño...



La vida es sueño...
Por Martín Licona



"¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son."


La vida es sueño
Pedro Calderón de la Barca.



De niño soñaba con dinosaurios. Un día vencí al miedo como quien truena una rama y me monté en uno de ellos. Su enorme cuello zigzagueaba como serpiente el camino. Me aferré al lomo de mi brontosaurio y ahí se me iban las horas navegando praderas encendidas y penillanuras infinitamente verdes. Así, recostado en su lomo mientras él comía, nos caía la noche. En uno de esos silencios que se le escapan a la oscuridad me quedé mirando fijamente el inmenso cielo. La luna también nos veía. Algo o alguien, desde el otro lado del manto estelar, la empujó para que se cayera. Se desprendió como una calcomanía y se precipitó como un globo desinflado. No fue casualidad que la luna terminara colocada justo sobre mi cabeza. 

Andamos muchos otros caminos. Mi dinosaurio y yo, con mi nueva boina luminosa, solíamos jugar a buscar piedras en el río; piedras con forma de nube, con ojitos de sapo, con muecas o sonrisas. Un día el brontosaurio se cansó de jugar. Negó mi abrazo al dormir y se fue quedando quieto, mirando el mar. Tan quieto que pronto su piel se partió y, lo que fueron escamas, al tacto se convirtieron en piedra -¿Dónde habrán quedado nuestras risas, los paseos sobre su lomo? Espero que tras la fría escultura que ahora es, él haya guardado el recuerdo de lo que fuimos-. 

Yo me quedé a sangrar al tiempo bajo su sombra. El pasto crecía para después quemarse con el frío, una y otra vez. Miraba el hueco que dejó la luna, allá en el cielo, era una alcantarilla abierta por donde susurraban voces que querían decir algo. Toda calma se rompió cuando el mar escupió un corazón. Llegó a mis manos, tan pequeño y tan frágil que parecía un tamborcito mecánico; yo lo sostuve un instante, pero de inmediato se echó a volar. Como un colibrí encerrado en un cajón, así daba tumbos por el mundo. Se detenía, bajaba, retrocedía -¡bendita cualidad la de poder regresar el vuelo!-. Lo miré irse muy lejos, casi hasta tocar el hueco que dejó la luna al caerse del cielo. Una vez más las voces que venían de fuera intentaban decir algo pero no hice caso. Mi empeño estaba dedicado en seguir a ese bello y alado corazón. 

Caminé por verdes valles, cobijé montañas con la nieve del invierno, gasté mis zapatos, aré al mundo con mi sombra y todo con la esperanza de alcanzarlo. Nunca mi entusiasmo fue suficiente. Le encantaba hacerme creer que podía atraparlo. Se suspendía en el aire y justo antes de tenerlo en mis manos, él levantaba un furibundo vuelo y se volvía a escapar. El capricho me cegó hasta perderme y perderlo. 

No hay encantos para un perdido, no hay piedad para un barquito de papel en medio del bosque. Cuando caí en cuenta, me encontraba rodeado de robles con corbata que peregrinaban al ritmo de un reloj. Me sentí tan pequeño, tan pañuelo arrugado, que sólo pude abrazar mi boina de luna y tenderme a llorar. La soledad como aguja penetró cada poro de mi cuerpo, extrañaba más que nunca contemplar el escurrimiento de la tarde sobre el lomo de mi brontosaurio. Todo pasa tan rápido como un suspiro y sólo nos deja la nostalgia de lo que vivimos. Sentí el hartazgo de un camino que no es más que una constante de ladrillo sobre ladrillo. No quería más. Hundí mis dedos para hacer sonreír mis muñecas e intenté resbalarme del mundo como un río que va corriente abajo. 

Blancas fueron mis horas hasta que me abrazaron las ramas de una bella jacaranda. Mi calma llegó con su perfume violeta. Ella como un mantra acarició el llanto de mi cara. Me amotiné en su abrazo y de pronto sentí que de nuevo lo tenía todo –Jacaranda que lloras flores ¡dónde mi descanso si no es en tu sombra!-. 

Miré al cielo mientras me arrullaba en sus ramas. Vi como del hueco que dejó la luna descendió la cuerda de una caña de pescar. La caña tenía de carnada los más bellos labios que yo haya visto. Se posaron junto a mí y no pude más que besarlos. En cuanto los labios se tocaron, un arpón se clavó en mi paladar. Me aferré a la copa de la jacaranda, pero lentamente la caña me fue subiendo. Luché por quedarme, grité; con terror veía cómo mi mundo me quedaba cada vez más lejos. Conforme me iba acercando a la alcantarilla en el cielo, las voces de afuera se iban aclarando: ¡Despierta, despierta!, me gritaban. 

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